miércoles, 16 de abril de 2008

En la General Electric.


Martita, cansada de cantar boleros por pocas chirolas en una fonda de La Boca, aceptó ese trabajo en la General Electric. Aquel primer día se levantó más temprano para dar los últimos retoques a la tintura, para maquillarse sin excesos, para coser una punta del bretel que había descubierto roto la noche anterior. Llegó a la oficina sin escándalo, un poco tímida de mostrar su voz brillosa. Le presentaron al presidente de la General Electric, un morochazo bigotudo, de traje color cobre. Le presentaron las cuentas, navegó por los balances y cartillas de clientes toda la mañana.
Se acercó, por la tarde, al despacho del presidente. Y le preguntó:
-Señor Presidente, ¿desea una tacita de café?
-No, Martita, gracias –le contestó, sonriente, el Señor Presidente- el café me hace picar el ojete.

jueves, 10 de abril de 2008

El vestido.


Agarré el mate tibio con una mano temblorosa, ayudada por la otra que sostenía la muñeca. Pichín miró el movimiento, atento. Se rió y me señaló a la nena en el árbol, Míremela a la nena cómo vuela, me dijo. Ella volaba, efectivamente, sosteniéndose de las ramas flacuchientas de los eucaliptos; y el vestido rosado desacompasaba el baile, como si no estuviera hecho para vestir un cuerpo tan vivo, imposible de seguir sus movimientos. La deseé desnuda, bajo el foco letárgico de la luna. Bajáte, nena, le gritó Pichín, bajáte que asustás al señor. Quise explicarle que mis manos habían dejado de temblar, pera ya la nena se deslizaba hacia el camino de tierra. La vi arreglarse el vestido, acomodándolo de nuevo a los movimientos toscos de la caminata; con sus manos parecía pedirle perdón al vestido rosado. Mientras, el sol se enredaba un poco más entre la hilera de álamos que cortaba el horizonte. ¿Adónde va la nena?, le pregunte a Pichín. No sé, me respondió, nunca la seguimos. Devolví el mate. Y un caballo relinchó furioso, lanzándose a correr hacia ese sol ya apagado.

miércoles, 9 de abril de 2008

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Inmóvil; en mí. Impreso en la retina de mi memoria
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lunes, 7 de abril de 2008

Pasado.


No tenía paciencia para morir, como la tienen los viejos de caras duras. Me costaba morir porque lo esperaba a cada segundo. Y no pude volver a escribir, sólo alcancé a componer algún que otro verso descompuesto de rabia y ansiedad. Porque es imposible escribir bajo el influjo de la sangre que no deja de bullir debajo de los dedos.

martes, 25 de marzo de 2008

Alameda.

Sentí primero como un estremecimiento natural, soy igual a la hoja, pensé. La hoja que no se desprende. Me detuve entonces a absorber cierta poesía del movimiento. Con los brazos bajos, todavía molestos por el cosquilleo y una punzada de dolor. Hinchar el tórax, inflando esos globos internos que separan las costillas de plastilina. Hinchar de poesía el movimiento. El movimiento que vuelve ahora, a no desesperar, todo es breve, hasta la hoja que no se desprende. El hormigueo se extendió hasta los pies. Corté la absorción con la necesidad, y me agaché a mojar los pies con el agua del río que corría rápida, como ese cosquilleo. Soy igual al agua, me corregí. Pero todavía no sabía del dolor de sentirse agua, de las cosquillas infernales de las algas o la cuchillada de los peces adentro del vientre, bailoteando. Inflé nuevamente los globos, con precarios resoplidos, intentando serenar ese entramado invisible de adentro. Calma, murmuré, pensá en la poesía que no viene a salvarte, así viene.
Entonces él llegó y me preguntó si estaba bien. Salí del sopor, agitando un poco los párpados. Nada grave, le contesté, un mareo. Me contó que se había jugado la vida en la escarpadura de una roca, Allá detrás de los álamos, me dijo. Todavía me tiemblan las gambas, desde allá, desde detrás de los álamos, y me lo indicó con la mano. Quise incorporarme, y el armazón interno se atenazó a la carne. Me caí y él me ofreció entonces la mano que todavía señalaba los álamos. Agarráte de mí, ordenó, que yo te sostengo.
Las órdenes las da el poeta, él decide dónde están los álamos, dónde el corazón de roca, dónde el hombre enfermizo. Pero hice caso y me sostuve con sus hombros. Virgilio nos debe estar mirando con ganas, le dije, pero sólo recibí un farfullo de respuesta, como si no me hubiera entendido, o como si el comentario fuera demasiado estúpido como para necesitar respuesta. Me arrastró varios pasos y en las tripas una tolvanera de palabras me dejaba sin respiración; eso y el dolor que insistía con su picor acerado.
Me senté en una piedra verde y lo miré mientras abría una tranquera ruinosa, con alambres disparados hacia todos los puntos cardinales, preparándose para lanzar sangre. Todavía no hablé del olor, del moho transparente que él había recolectado camino a los álamos, de la dulce pestilencia del cuerpo gastado. Agarrado a sus hombros trajiné en mi cuerpo su aventura, lo llevé como una valija vieja que ya no pesa, como un invierno que tarda en irse. Me contó entonces que detrás de los álamos corre un arroyo, y que en su litoral crece un yuyo bueno para las heridas. Por querer curarme una herida casi se me mata el cuerpo, reflexionó. El exterminio del cuerpo por la roca, murmuré mientras me hidrataba con su olor, eso sí que es poesía.
Se alejó por el sendero de eucaliptos que seguía a la tranquera; y volvió unos minutos más tarde, acompañado de una nena de vestido violeta, estaban tomados de la mano. Me llevaron a cuestas, él por el hombro y ella sosteniéndome la cintura, atravesando juntos las sombras oblicuas de los árboles. Vi un caballo flaco arrancándole melodías a unos pastos mudos; a las ponedoras no fue necesario verlas, las escuché desde lejos. Y entonces el sincretismo se produjo, mi centauro y su caballo; mi cisne y sus gallinas. Algo él pareció intuir porque me habló de su tío Pichín, el capeador de gatos; Ahora lo va a ver en plena faena, me dijo, hay un gato colorado que no le deja dormir, lo tiene en la bolsa desde esta mañana. La imagen de Pichín el capeador me sustrajo de la poesía equina y empantanó mis nacientes versos, ¿Dónde está Pichín?, le pregunté, un tanto desesperado. Allá nomás, escuche el maullido bajo, el bicho ya debe estar cansado de pelearle a la arpillera, me respondió. Y entonces Pichín apareció como el rayo repentino del sol entre las nubes, colgando al gato de una rama, con una gillette en las manos. Oiga Pichín, le grité, ¿es necesario tanta crueldad para con el pobre animal?; Crueldad sería quemarlo o ahogarlo en un tacho, señor -me respondió- además Pichín sabe lo que hace, yo capaba ganado con los dientes, allá en el sur. Hubo incisión, acto seguido, y eran ahora mis piernas las que temblaban, sin cosquilleos brutales, sin álamos, sin enfermedad, sólo con dolor de bicho ajeno.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Caterva.

Recordó entonces la imagen dada por el peón:
-Es un chango flaco, color tierra, tremendos ojos, y dos pantallas de oreja.
Y no pudo menos que asimilarlo a un cachorro frágil, hueco de hambre, sucio por el desamparo y la orfandad.
De pronto, el arrullo de un cantito lo sobresaltó. Quedó suspenso. El arrullo vencía al lloro, apenas ya un rezongo nasal. La voz, transida de melancolía, se hizo neta. Marginaba el fastidio y se hundía en el pulmón de la cuna. Nunca había herido sus oídos una inflexión más lúgubre. Mas amanecida de ternura. Más caudalosa de ruego:
Dormite ligero
Mocoso de mierda:
Ya viene la aurora
pintando la sierra,
Ya ruempe la óidos
La búia ´e las bestias:
¡Dormite ligero
Mocoso de mierda!
Todita la noche
Teniendo la vela:
Culito morado
De orín y diarrea.
¿quién tiene coraje
P´alzar la cosecha?
¡Todita la noche
Teniendo la vela!
Con tant´amargura
saldré de la güeya:
me carga tu yanto
Jodido, sin tregua;
Me duele la vida
Sin paz ni querencia:
¡Con tanta amargura
saldré de la güeya!
Me dijo l´estinta
-¡Querélo, Pereira!
Ta bien, pero entonce
Caíate la jeta
Qu´estoy medio loco
De sueño y de pena
Pues dijo l´estinta
- ¡Querélo, Pereira!
Si fuese colono
Con auto y con renta
Tenrías de todo
Nenito miseria:
Nodriza redonda...
Pañales de seda...
¡Si fuese colono
Con auto y con renta!
Dormite ligero
Mocoso de mierda:
Dormite que yoro
Con lágrimas d´ella,
Pues yora al mirarte
Guachito en la tierra.
¡Dormite ligero
Mocoso de mierda!
De "Caterva", Juan Filloy.

martes, 11 de marzo de 2008

¿Y qué hacemos los Calvos, eh?




¿Saben ustedes que durante una tormenta el león le da la cara al viento para que su pelambre no se desordene? Yo hago lo mismo: doy la cara a todos los problemas, es la mejor manera de permanecer peinado.



Leopoldo Marechal.

domingo, 2 de marzo de 2008

Cuaderno.


“Querido Hernán, quisiera haber tenido más tiempo para poder dedicarte este cuaderno día a día como lo hice con Fernanda, con decirte que tuve la intención de romper el de ella para que nunca creas que existe diferencia alguna con los dos; pero sucede que son muy chicos y necesitan jugar y aprender y yo trato en lo posible de dedicar mi tiempo a disfrutar de ustedes y ustedes de mi atención y juego, sobre todo vos que querés todo el tiempo mis brazos; hoy por ejemplo Fernanda y Papá se fueron al campo para ayudar a Panchi a hacer el contrapiso de la casa y yo estoy sola con vos (que dormís) y lo dedico a escribir, yo no fui porque tengo mucha ropa para lavar (sobre todos tus pañales) y planchar y si no lo hago ahora (está amenazando lluvia) después no tengo ropa que ponerles.”

Hambre?


Y lo que leí ¿qué? Lo que leí quedo arrastrándose, formando algunas ideas un tanto pretenciosas, que nunca concretaron nada.
La biblioteca era marrón - era más un depósito de revistas y souvenires, que biblioteca- y bien al fondo, como queriendo esconderse, habitaban tres libros que dormían el largo letargo de los desconocidos. Había terminado la secundaria, no sabía qué hacer con la vida, y las noches pasaban largas y silenciosas. A veces me quedaba sentado en el sillón grande del comedor, a oscuras, un poco feliz, creo. Y no sabía qué hacer, cómo devorar el tiempo y las ganas – esas ganas del estómago que después se transformaría en cierta ansiedad dañina. Hay una convención entre lectores adiestrados, y es la de decir que algunos clásicos deben ser inevitables, que los clásicos abren puertas, boludeces por el estilo. Yo no sabía qué era un “clásico”, cuanto mucho imaginaba un piano, un hombre con peluca, un abanico, un teatro colmado, ¿la película Amadeus? De chiquilín, a veces miraba esa biblioteca de tres libros, y me llamaba la atención que hubiera alguien que pudiese llamarse Hedor (y lo estoy corrigiendo, porque en aquel tiempo pensé que Fedor era Hedor, o sea, recién había aprendido esa palabra y la confundía). ¿Una persona se llamaba algo como “mal olor”? Y mucho más atrás, recuerdo que pensé que ese libro era un biblia. Lomo marrón, ancho, anchísimo, y hojas finas, de esas que parecen que se van a incinerar solas con sólo pasarle el dedo. Y recuerdo bien, muy bien, que una noche el cuerpo solo se me arrastró hasta ese libro. Nadie lo había leído. Creo, no miento, que en mi vida hasta ese momento había leído unos ocho o nueve libros para grandes, enteros. Los de la secundaria, seguro, El Túnel, algo de Casona, uno de un cura que se quemaba las manos y que nunca recordaré el nombre (mejor olvidar ciertas cosas), y García Márquez. Entonces lo bajé del estante de arriba –estaba tapado por cremas, un alicate, cosas así- y me reí un poco al leer el nombre del autor. Claro, no era mal olor. Y ese nombre no me significaba nada. Nada de nada, sólo ese pensamiento odorífero. Debe ser ruso, pensé
(Cosa curiosa: ahora que escribo recuerdo que ese libro decía Mimí. Y Mimí era una amiga de mi mamá. ¿Se lo habría regalado, o prestado? Mimí se murió. ¿Lo habrá leído?).
Decía que pensé que sería ruso, y no imaginé ningún siglo, ninguna corriente literaria, ninguna Siberia, ningún Karamazov. Y comencé a leerlo. ¿por qué los nombres de la ciudades se indicaban sólo con la primera letra?, sólo Dios lo sabría. Y seguí, durante varias noches, alimentándome el estómago con nombres propios imposibles de recordar. Tuve la sensación de no entender nada. Salvo la Culpa. Y la Fiebre. Y a un caballo muerto a latigazos en una calle empedrada. Me creí atormentado. Y no hay nada más placentero que el tormento de mentiritas, ese que nos hace sentir un poco más trascendentales que el resto que juega a la pelota y sale a cortar el pasto – con el tiempo me daría cuenta también cuánto más trascendental es cortar el pasto por la tarde, y ser golpeado por alguna piedrita que dispara la hélice gastada.
Nunca pude saber de dónde salieron esos libros, una de las hipótesis barajadas en la familia fue que serían de mi abuelo –menos el de Mimí, por supuesto- que era el encargado de la biblioteca de un club de barrio, en Lomas de Zamora. Me acuerdo de ver a mi abuelo en la cama leyendo novelas policiales, la colección que ahora reconozco como “El Séptimo Círculo” y que se ven seguido en los saldos por dos pesos. Al lado de la cama de mi abuelo había un ropero grande, con un espejo frente al que jugaba al entrevistador, imaginando que ese espejo era una cámara de televisión. A veces lo veía abrir el ropero y elegir algún libro de los tantos que tenía desacomodados ahí adentro (como están los míos ahora, dentro de mi ropero). Pero a mi abuelo le gustaban los policiales, y en casa encontré una primera edición de Saer, y ¡oh, destino incomprensible!, un librito muy pequeñito, que casi rogaba no existir, de Macedonio Fernández. La voracidad me llevó a desvirgar esas hojas. Y la razón, a cerrarlas. Saer escribía sin puntuación. Macedonio lo imposible. Y yo quedé en ascuas, con una sed terrible, intentando aplacarla con libros de niñas presas y violadas –novelas muy setentas, llevadas en su mayoría al cine para calmar los apetitos de una sociedad hambrienta de imágenes “reales” de la perdición adolescente en la era post hippie.
A mi abuela la iba a visitar seguido. Caminaba las cinco cuadras desde la estación hasta su casa; y en la segunda cuadra mis ojos se desviaban hacia la vitrina de una librería, muy chiquita (y que sigue, hoy, a punto de sucumbir, frente al Hospital Gandulfo, también a punto de perecer) en la que me intimidaba ese señor de pelo largo, flaquísimo, con un pucho siempre en la boca, que custodiaba la puerta como un Cerbero las puertas del infierno. Siempre seguía de largo, y no me animaba a entrar porque, sencillamente, no sabía qué pedir. Pero un día que el flaquísimo no estaba en la puerta me decidí, junté plata no sé bien de dónde, y entré. Frente a la puerta había una estantería alta, con libros muy pegaditos, de lomo oscuro. Hice tatetí. Este y éste, le dije. Y me encontré en casa, por la noche, leyendo Rayuela y La Peste.
Había vuelto la trascendencia desgajada de aquella biblia marrón, pero redoblada en sonido y furia.
¿La razón de escribir esto? Ninguna, creo. Pero sigo un poco más.
Me enseñaron a contar, de todas las maneras posibles, pero sólo a contar. Las clases de filosofía eran en realidad de autoayuda, y en literatura se hacía lo que se podía. Nunca ni siquiera escuché nombrar a Platón, a Homero, creo que nunca leímos nada de Shakespeare. Recuerdo que mi compañero de banco tenía una obsesión, inentendible para mí, por Nietzsche. Me hablaba de mentiras, ocultamientos, máscaras, profundidades y abismos a los que yo no asomaba ni siquiera una uña. El se enfrentaba al abismo, sé que se enfrentaba al abismo con su espalda un poco encorvada, los hombros retraídos, la voz casi silenciosa de los que todavía no quieren hablar. El quería entender, y le preguntaba a nuestro preceptor estudiante de filosofía sobre el de los bigotes largos. “Ese era un loco” era la única respuesta que recibía. Quería saber algo más que legislación fiscal, pero lo dejaban en esa impotencia adolescente de no pedir más de lo que se puede dar. Tardé años en entenderlo. Como tardé años en entender algunos niveles simbólicos para los que no había sido amaestrado. Enfrentarme a ese infierno metafísico y parisino debajo del puente en Rayuela fue celebrar una victoria, completamente secreta, sobre los números que me mantenían flotando en las nubes de teoremas para mí estériles. Descendí, violento, a un mapa de cuerpos llagados, carcomidos por una peste brutalmente simbólica. Descendí a lo universal de la experiencia cotidiana de un exiliado emocional. Con esos dos libros elegidos al tatetí.
Tiempo después, y como si fuera un perro meando frente al dueño, compré El Aleph. Creo que esa fue la primera vez que compré con expectativa, con esa sensación de antes de despegar en un avión, ganas irreprimibles de que comience YA. Tenía en aquella época una agenda de Much Music, que la estrené copiando frases del cieguito –había visto un documental sobre él en el colegio, pero nunca lo había leído. Transcribí algo sobre la eternidad, por supuesto, sobre el tigre, la tortuga y el pasto que comió la tortuga.

El azar existe. Pero no podría comenzar a desplegar su órbita de cadenas prestadas si no fuera por esa mano que una noche se decide a tomar un vestido viejo, un arma de caza, un trago de más, un libro de Dostoievsky. Me pregunto por proporciones entre el azar y el resto de mí; me pregunto por responsabilidades de una biblioteca semi vacía o de mi hambre. Me pregunto porque quiero preguntarme qué hubiera sido de todo, qué caminos posibles habría habido en esas noches vacías. Surgen variables, por supuesto: mi prima y una noche en la costa bonaerense analizando el programa curricular de una carrera que todavía no termino; mi amiga al teléfono contándome dónde cursar; alguna sesión de terapia, de esas pocas que logran iluminarte. El azar, la cadena, surgió justo después de entender que Fedor no era un mal olor, y decidí leerlo. Todo lo demás ya es irrelevante, porque es camino trazado, lo inevitable de una creciente.
¿Y qué hacer con todo esto?, me había preguntado en un principio. Todos los libros que leí no pesan más que una pluma en mi cabeza. No hay que hacer nada, se sabe decir, por supuesto. No hay forma de comerciar esa gravidez tan llena de humo. Las únicas criaturas que pueden nacer serían los eternos abandonados, esos parias de los que nadie responde. Responsabilidad, tal vez, algún compromiso que surja de las entrañas.

Cuerpo, en definitiva.

jueves, 28 de febrero de 2008

Non Grata.




Una vez le pasé semillas de girasol por debajo de la puerta. Yo estaba en la casa de la tía, había ido a tomar la merienda con ella porque decía que le hacía bien mi compañía, que tan triste era su vida; y llamó mamá para avisarle que tenía que quedarme en su casa porque papá había tenido un accidente y tenía que ir a cuidarlo al hospital. Nada grave, me dijo la tía, lo tienen en observación por la dudas. Cuando ella hablaba con mamá por teléfono la escuché cuando bajó la voz, como siempre hacía cuando tenía que hablar de eso; era como una ceremonia familiar a la que uno se acostumbra, como no nombrar a algún pariente mal querido o no tocar las cosas de la abuela muerta que siguen juntando polvo en la habitación oscura. Bajó la voz para quejarse a mamá y decirle que no podía quedarme, que ella ya sabía cuál era la situación y que no tenía por qué ponerla en este aprieto con su sobrino preferido. Pero parece que mamá fue convincente porque al colgar y decirme lo de papá, la tía me dijo: “parece que hoy dormís acá”. Pero no sonreía. No quise que se sintiera incómoda y traté de componerme una cara de alegría cuando, en realidad estaba de lo más ansioso y asustado. Y sí, hay ceremonias familiares, esas que se van incorporando a medida que uno crece y no se cuestiona nunca; uno nunca se pregunta qué pasó para que no le hablen al tío mengano, es algo que se sabe desde siempre y que debe respetarse con el silencio. Y ahora me enfrentaba con el misterio, con esas voces bajitas que cuando aparecía se callaban y pasaban a otro tema; sólo algunas veces escuché fragmentos de diálogos entre la tía y mamá, cosas como: “... si sabés que la luz le hace mal, le salen las ampollitas” o “... se pasó toda la noche golpeteando”.

jueves, 14 de febrero de 2008

Museo del chisme.

Durante una campaña pacificadora en territorio ranquel, el gran escritor argentino del siglo XIX, improvisado militar para eludir una genealogía inoportuna, observa que muchos soldados y suboficiales satisfacen entre sí sus urgencias sexuales. Comenta el hecho con el médico del regimiento, quien, ignorando o subvalorando la cultura de su interlocutor, aduce como explicación ejemplos de la antigua Grecia. Impaciente, el hombre de letras y ocasional hombre de armas lo interrumpe: "Conozco mis clásicos. Lo que me intriga es la aceptación del dolor físico". Ante las explicaciones vagorosas, inconvincentes que recibe, prefiere hacer el experimento bajo la supervisación del médico. Llama a un edecán o a un soldado de guardia, lo conmina a "ponerse en condiciones" e, inclinado sobre una mesa, se somete a la prueba. Con voz indiferente va ordenando: "Entre", "Muévase", "Basta ya", "Retírese". Momentos más tarde, a solas con el médico, opina: "No le veo la gracia. Es como cagar al revés".

Fuente: Victoria Ocampo, París, 1975.

domingo, 10 de febrero de 2008

Bajo el sol.


Salgo al corredor y ahí me espera, inflamados los ojos de saltos que se aproximan, con el rabo agitado arrullando el pasto. “¡A los árboles!” le digo, y comienza su trote palpitante hasta el bosque de pinos que rodea la estancia. Detiene su recorrido cada veinte pasos, girando su cabeza dorada, asegurándose que la sigo en su camino. Bajo el sol la acompaño, intentando comprender su ansiedad, pensando “dame un poco de eso, dame un poco de ese sol que se te pega en la mirada”. La veo olfatear las agujas de los pinos, concentrada, aturdida por el olor de los pasos que las quebraron y las hundieron un poco más en la tierra mojada.
Seguimos camino hasta el claro, donde descansamos. Me siento y me mira perpleja, preguntándome con la mirada si es la hora de la pausa, “sí” le respondo, “sentémonos un rato a descansar” y se sienta a mi lado, mirando quién sabe dónde; hacia los ojos de las cosas, le murmuro, vos siempre atenta mirando a los ojos de las cosas.
Muerdo algunos pastos, buscando ese sabor imposible que ella disfruta. Me volvería loco, pienso, tanto olfato, tanto gusto, tanta alegría al ver al dueño, tanto sufrimiento al verlo alejarse. El dueño que no es “Dueño”, ni es “El”, ni es “Hombre”, es un poco más que eso, es una sensación pura que le hace temblar las costillas, que le hace intentar gritar un nombre que no existe, que es todo aroma, todo voz y sonido de pasos. El pasto es parte del entramado invisible de las cosas, que sólo ella conoce, y que le hace desear más pasto, más árbol, más barro para sus patas desnudas.

domingo, 3 de febrero de 2008

La excavación.


Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.



Augusto Roa Bastos.

domingo, 13 de enero de 2008

Jodorowsky.




Anomancia


Dándose cuenta de que los repliegues del ano eran tan personales como las líneas de la mano, inventó una nueva técnica adivinatoria. Sentaba al consultante, con las nalgas desnudas, en la fotocopiadora. La imagen anal así obtenida la inscribía dentro de un signo zodiacal. Hacía entonces una lectura del futuro extremadamente precisa. En las arrugas más profundas podía ver el pasado.





El más allá


De pronto, mientras pataleaba, se dio cuenta de que su ataúd era un huevo.




de Sombras al Mediodía, Alejandro Jodorowsky.

sábado, 5 de enero de 2008

Los Nombres.


Acercate, me dijo, acercate para verte mejor. Tenía un mazo de barajas en la mano, a las que revolvía nerviosa. La luz del techo le comía la cara con la sombra, esa palidez de lamparita cercaba los contornos de unas botas sin cordones, extraviadas cerca de la pava plateada que dormía recostada sobre el suelo. Acercate que la luz es débil, me volvió a decir acercándose ella unos pasos, trayéndome un poco de ese olor amargo de las flores del campo que se pelean por ser yuyos. Así te veo mejor las marcas, de cerquita, porque las marcas quieren esconderse como ladrón cobarde. Pero yo las veo, las marcas, de cerca, y se me descubren prepotentes. La luz comenzó a titilar y el gato me miró a los ojos, acariciándose la panza contra el piso de tierra. Ella detuvo el movimiento de las barajas y se llevó un dedo a los labios. Yo esperé asustado a que la luz volviera. Escuché a lo lejos el pitido de un tren, luego el silencio y el golpeteo de la higuera contra la ventana. Tenés la marca del dolor debajo de este ojo, me dijo, un mal parto, te habrás rasguñado al salir, desesperado. Y tu frente me cuenta esos caminos, me cuentan la fuga, y cómo marchaste sin encontrar nada, sólo polvo y más bifurcaciones. Para escapar hay que saber cómo volver, me susurró al oído, porque no sabemos no ser nada, como lo sabe el chimango o el crespín, y eso nos liga, y nos condena un poco también. Tu frente me grita el miedo de esta noche, tal vez de este mismo instante en que te miro, y me muestra los cardos que pisaste en el camino, me dibuja las estrellas que viste, la mancha oscura de un pájaro contra el cielo, la osamenta de un caballo hundido en una zanja, mi propia cara. Me tomó la mano, suave. Las marcas me hablan, repitió, y me dicen tu verdadero nombre, el que forma cada repliegue de tu carne, y que no existe en otro cuerpo más que en el tuyo. Leé cada uno de tus recuerdos como letras de ese nombre, mirá a la luna o a un vestido viejo y pediles una letra de ese abecedario que comparten con la mirada. Mirame a mí, sin miedos, que tengo una letra para darte.
El resplandor de la luna rebotaba sobre el cemento de la ruta, y el olor fresco del campo por la madrugada me hizo hinchar el pecho. Al cerrar la tranquera escuché el maullido cansado del gato colorado. Comencé a caminar en la penumbra, hacia la oscuridad que me ofrecía el camino al sur. Miré la luna que ya comenzaba su ocaso, miré mis zapatos gastados, los pastos que florecían de las grietas del asfalto. La ruta se perdía en la oscuridad, detrás de unos álamos altos. Mi nombre se perdió en aquel camino, pensé. Y me dirigí hacia el sur.

jueves, 3 de enero de 2008

Círculos.



Estoy indudablemente circunscripto en un círculo tenaz que sin embargo no se me ha metido totalmente en la carne, todavía; a veces lo siento más flojo, y creo que podría romperlo.


Hace poco cuando salía del ascensor a la hora acostumbrada, se me ocurrió que mi vida, con sus días más minuciosamente repetidos, se parece a esos deberes que se da como castigo a los escolares, donde tienen que repetir, según la ofensa, diez, cien , o más veces la misma oración, oración que por culpa de la repetición pierde todo sentido; sólo que en mi caso el castigo no tiene más limitación que ésta: “ tantas veces como puedas”.


de los diarios de Franz Kafka.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Quién.


Como un pájaro con vértigo, le dijo mientras escribía la nota. Tal vez en unos días, fue la última línea, antes del besos, te quiero. Un pájaro con vértigo, pensó, después de escucharla, un pájaro con vértigo no sería un pájaro. Debe ser así cómo se siente, con miedo a ser, reflexionó mientras ella daba la última vuelta a la bufanda, lista ya para irse. Le dio las llaves a él para que cerrara la puerta, asegurate de cerrar la de arriba que siempre me olvido, le gritó desde el auto, no vaya a ser que también se le lleven la tele, murmuró con una risita nerviosa. Los pájaros se paran en los cables de luz y no tienen miedo, siguió pensando él, y no tienen miedo porque son pájaros y no tienen vértigo. Ella debe tener miedo hasta de lavar los platos, o de quemarse mientras le plancha la camisa. Le preguntó por qué un pájaro, y ella abrió la ventanilla antes de responder, porque los veo a veces colgarse en las hojitas del árbol del patio y quisiera que alguno se caiga, pero no, no caen, y me da rabia. Imaginate lo que sería de nosotros si pudiésemos ver las miguitas de pan desde la altura, continuó, sólo veríamos los defectos de las cosas y con eso no comemos. Tenés que doblar en la próxima, le recordó; yo soy un pájaro con vértigo, como te dije, imaginate a uno de esos bichos sin poder volar, no podría bajarse del nido. Tenés bufanda y abrís la ventanilla, le dijo él, cerrala, me hacés el favor. Tal vez en unos días, había escrito, y qué vas a hacer ahora, le preguntó después de detener el auto justo antes de la curva. Voy a ver si consigo mis propias lombrices, dijo ella riéndose un poco, tengo el gollete duro de tanto esperar pico arriba. Mirá que vos no tenés la vista de un pájaro, le advirtió él. Tenés que retomar la calle en esta curva, respondió ella desde afuera, apoyando los codos en la ventanilla, no te pierdas, estas calles son engañosas, con muchas diagonales.
La vio acomodarse la bufanda antes de entrar. Si yo pudiera colgarme de la hoja como ella, murmuró, antes de hacer la curva y acelerar.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Tarde.


Estuve esperando.
Bajo la parra.
Las uvas eran chiquitas y amargas.
Despellejé algunas y las tiré lejos, por si las moscas.
Me hice un test y resulta que mi cuerpo tiene una edad de 37, 5 años.
Así que, no sé, debería salir a correr en vez de esperar bajo la parra.
Querido Diario:
No, eso no.
¿Un poema?
No, no me salen. Pondría palabras como Amor, Soledad, Fuego o Marzo.
Me falta la metafísica.
Mis símbolos se consumen rápido.
Me falta yuyo, tranquera o dios.
Encontré una babosa, y no sé porqué tengo la idea de que queman como una gatapeluda. Desde chico lo pensé. Una vez en Mar del Plata salí a la calle y había muchos sapos aplastados, alguien les había dado una mano de pintura encima, de todos colores. Había salido con mi hermana a comprar un pepsi, y discutimos si era más rica que la Coca Cola. La Pepsi tiene más gusto a remedio, me dijo ella.
Leí: “Vivieron un día más sin vivirlo, y repondrán fuerzas, ahora, para vivir mañana un día que tampoco será vivido, a menos que se fuguen –como lo hacía yo antes, a esta hora- hacia el estrépito de las danzas y el aturdimiento del licor, para hallarse más desamparados aún, más fatigados, en el próximo sol”.
Levanté la cabeza como para pensar un poco, haciendo conjeturas sobre ese próximo sol, sobre ese día no vivido.
Una mosca atravesó el sopor.
Se sentó conmigo a esperar.
Pero ella no sabía.
Yo no escribo poesía.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Encargo.

.


No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas. Grita.
Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo, lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso.
Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.




Julio Cortázar.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Fragmento II.

Volvieron al astillero después de un año y medio en la ciudad y se sentaron toda una tarde en el bloque de cemento. No había nada más que ver en el pueblo, a no ser por las viejas casas derruidas en las que habían vivido. Entonces volvieron callados a seguir la ruta de alguna gaviota esperanzada que volaba sobre el río opaco. No había rastros del astillero, lo habían terminado de demoler cuatro años atrás, después de estar más de veinte en ruinas. Sólo una plataforma gigante de cemento se extendía frente al río, enclavada en la arena oscura, recordando tiempos de barcos y peces. Estuvieron sólo esa tarde y nunca más volvieron, porque no fueron capaces de precisar qué es lo que querían recordar. Porque un recuerdo no debe ser una imagen recuperable, sino la sensación de pérdida de una melancolía vieja que ya el cuerpo no se permitiría nunca. La distancia posible para alcanzar a un recuerdo es la insalvable.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Bebert.


Le gritó que apareciera, Aparecé Bebert, le dijo, pero Bebert no quería aparecer. Ella le volvió a gritar Aparecé Bebert y él se escondió más fuerte, con más ganas dentro de los árboles. Porque a Bebert le gustaba que lo buscaran, le gustaba el sonido de la voz de la tía desde dentro del árbol. Bebert, que me enojo, escuchaba Bebert desde dentro del árbol, y él, para no hablar o reírse se pegaba hojas secas en el labio. Bebert se murió un día de esos, se le cayó una hojita del labio y se rió, Te encontré, Bebert, le dijo ella, y se lo llevó a la casa para que la ayude a prender un fuego. Y al otro día Bebert estaba muerto, quieto debajo de las sábanas, sin ninguna hojita en el labio. Aparecé Bebert, siguió gritando la tía, buscando dentro de los árboles. Pero Bebert no quería aparecer, era más chiquito que una hoja, arriba, en el pico de un pájaro.

martes, 11 de diciembre de 2007

En la Plaza.


El banco de la plaza crujió un poco cuando le saqué la caca de paloma con la mano. El día estaba lindo, muy primaveral, de esos en los que se ven muchos chicos tomando helado de palito y viejitos dormidos. Te sentaste y me hablaste del tango, y apenas dijiste: “vos tenés que escuchar la letra de los tangos”, yo ya no te escuché más. A Gardel no lo mencionaste, y me acuerdo porque estaba esperando la palabra Zorzal en cualquier momento, pero no apareció. Claro, te decía, el Tango es bien argentino y a los japoneses les encanta, por eso se vienen de a malones en los buques pesqueros. Y vos me decías a todo que sí, porque no me escuchabas. Te conté que mi abuela tenía un poster de Gardel pegado en la heladera y que me hacía ver sus películas, y tampoco me escuchaste, en ese momento ya estabas por Piazzola. Entonces yo me seguí acordando tranquilo de las películas de Gardel y las de Tita Merello mientras escuchaba de fondo la música de un lunfardo que arrancaba lágrimas de malestar. Este es un día peronista, te escuché decir, de improviso. ¿Por el sol?, te pregunté. Por el sol y la gente reunida, me respondiste. Ah, no lo sabía.
Le compraste un helado de palito al vendedor, de chocolate. Te dije que uno se prueba como argentino al tomar mate con cuarenta grados de calor, no helado de palito, y menos de chocolate. El chocolate no es argentino, si fuera de dulce de leche todavía. Me miraste serio y lo supe enseguida, me ibas a hablar de folcklore.
Yo miraba el reloj pero vos no me mirabas.
Yo que le saqué la caca de paloma al banco para que hablemos de eso y de “Plumas de ganso”.
Yo que viajé dos horas para verte te escucho hablar de Guaraní y de cómo le gusta el vino.
Yo que me cago de calor y no me invitaste ni siquiera una chupadita del helado.
Yo que extraje del polvo a “Los isleros” y una heladera vieja y no me diste pelota.

Ahora vuelvo a casa tranquilo.
Voy a debatir a los Marx en el espejo.
O a reírme.
Qué lindo día peronista.



Ah, ¿eso?, eso era una nube nomás.

lunes, 10 de diciembre de 2007

La Grande.


Antes del amanecer, en la negrura sin aire de la madrugada, un chingolo cantaba entre los árboles del jardín, y con la primera claridad, llegaron los jilgueros, los gorriones, a saludar, con un bullicio excitado, la salida del sol, el nuevo día, piensa ahora Gutierrez, tan espléndido como inútil. Y vuelve a verse desnudo en la cama, con Leonor desnuda, dormida, a su lado, sobre la sábana blanca toda retorcida y empapada de sudor, y oye todavía, treinta y tantos años más tarde, la agitación ruidosa de los pájaros que, habiéndose ya olvidado de que el día anterior el mismo fuego incomprensible había ido subiendo desde el este, el día anterior y el anterior al anterior, hasta agotar los días abolidos en un pasado intangible, anterior a la existencia misma de la memoria, creen que el resplandor que revela el mundo y disuelve las tinieblas, les está destinado y está ocurriendo por primera vez, igual que quien ha sido captado en el aura mágica del deseo piensa que, por primera vez desde el comienzo del mundo, su sentido, a través del tacto tosco y de la carne rudimentaria, ha sido por fin revelado.



Juan José Saer.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Y también (III), porque me gusta.

Redacción Coromanpicadero.
Revista Típica India.


Querida Señora: Le rogamos poner punto final al hecho de que el Señor Froll o Frollo se haga mandar a nuestra Iglesia de Porta Pia la correspondencia de la respetable Coromanpicadero, por gentileza de nuestra Autoridad Misionera Local. Estas cartas son retiradas por una mujer italiana en una motocicleta pequeña, y esta mujer italiana de nombre Marilyn Monroe se ha inmiscuido con dos de nuestros Ancianos más jóvenes, Anciano Crook de Salt Lake City y Anciano Kalawii-a de Honolulu, quienes llegaron a Roma con 18 años de edad cada uno, en el mes pasado, para desarrollar obra evangélica en la castidad y la verdad. En una cantina de Cavour Place llamada Theatro Beat 72 bajo influencia de ella se vieron obligados a a fumar pipas y cigarros y a beber licores y emulsivos y perdieron la bicicleta. Desde hace más de un siglo los Santos conocen estas tentaciones, y nuestros ancianos se fortifican con ellas. Por suerte, la mujer era un hombre disfrazado; pero otros eran Comunistas en persona. De ahora en adelante esta Señorita no será recibida con benevolencia.

Fielmente suyo,
Anciano Tippets
Centro Misionero
Mormón
Via Fabio Numerio 10
Roma

Wilcock (II)


Sección de Informaciones Útiles.


Acaba de ponerse a punto un tipo de lente de contacto para gallinas, informa el Centro de Investigaciones Ópticas, con el fin de combatir las frustaciones de los pollos y las perturbaciones nerviosas de las aves de corral en general. Nada provoca más frustaciones a la gallina que el hecho de picotear un insecto inexistente, o bien de toparse con piedritas molestas mientras come, explican los psiquiatras que se han ocupado del problema. Las lentes de contacto para gallinas son de plástico rojo y reducen considerablemente la nerviosidad característica de estas populares aves.




De "Los dos indios alegres".

sábado, 8 de diciembre de 2007

J.R. Wilcock.

El Correo del lector.

Dr. De Cola.
Novela de los dos Alegres Caballos.

También mi padre hacia el ´90, más precisamente en 1886 al morir mi hermana, me regaló un potrillo para mí solo. ¡Cómo nos queríamos Tony y yo! Cada vez que salía de casa, ahí estaba Tony junto a la valla, esperándome. Tomaba una de mis orejas entre sus tiernos labios y me la estiraba parado sobre las patas de atrás; o bien me mordía un hombro con sus tiernas mandíbulas invitándome a dar un paseo.
Hasta que un día me hizo caer sobre una piedra delante del molino, y quedé inválido para siempre, aunque seguí siendo muy vivaz. Desde 1887 vivo sentado frente a la ventana y leo revistas ilustradas, pero no dejo de pensar en Tony. Mi padre lo regaló como castigo, y como castigo al año siguiente le cayó encima un árbol y murió (mi padre). No hay amigo como un caballo.
Felicidades y saludos,
Console sala.
Verolanuova - Brescia.



de "Los Dos Indios Alegres".

Dos sueños.


I.

Al cambiar los muebles de lugar, quedé atrapado. El empapelado me absorbió y formó en mi cabeza una corona de flores. Todo mi cuerpo tomó el color violáceo del papel y el espejo del aparador se partió. De los bordes colgaban racimos de vidrio, y en una de las pequeñas estalactitas se perdió mi imagen. Durante días los muebles descansaron de la tiranía de mis costumbres y, cuando volvieron a sentirse ellos mismos, intercedieron por mí. Lentamente fui acostado entre las sábanas. Retomé la rutina. Pero la corona de flores persiste en mi frente.


II.

Cansado llegué al final; a un baldío oscuro y barroso, como de tormenta vieja. Sólo una parte del campo estéril estaba iluminado por un reflector gigante, operado por una sombra oscura. La luz giró hacia mí; blanco, desnudo, embarrado. Del centro de la oscuridad escuché los aplausos. En la pantalla gigante que se iluminó de repente, entre la negrura del barrial, se proyectaban imágenes de mi nacimiento; blanco, desnudo, ensangrentado. La multitud sentada en las butacas que se hundían en el barro perdió su interés en ese hombre desnudo plantado a la salida del laberinto de telas. Bajé la cabeza porque la función había comenzado. Esperé a oscuras, detrás de las asientos, durante algunas horas. Mis dientes castañeaban. Atontado y vencido me acerqué a la pantalla y corté las sogas de ese deus ex machina colgante, aparecido de improviso sobre el final de la proyección, que recreaba con sombras chinescas una fábula ajena sobre mi muerte.

Solo y cansado retomé el camino de telas. Tirado en el barrial, tenuemente iluminado, el dios de juguete me miraba. Al pasar por su lado, chapoteando, lo salpiqué. Los ojos se le cerraron.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Fragmentos.


Cerca del astillero, entre maderas podridas y un río turbio, pálido por las sombras invisibles del viento. Cerca del mástil herrumbrado que emergía de la arena estancada y sucia, contaminada de peces muertos y aserrín. Cerca, sentado en el bloque de cemento que brotaba del río (que había tragado viejos edificios y muertes) sentí tu risa atravesar los espacios dinamitados del astillero. Te vi parado frente a una gigantesca pared de concreto riendo solo y meando imaginariamente tu nombre. La pared, recuerdo, no te invadía con su sombra. Volví entonces a la luz que me enfrentaba desde el reflejo del agua. Pateando arena te acercaste y te sentaste cerca, doblando las rodillas; te miré sin interés, creyendo que tal vez fueras un alma expurgada del viejo edificio.

Teníamos doce años y nos encontramos cerca de las paredes ruinosas del astillero.
Sin exageraciones te levantaste y te fuiste con el sol, que ya manchaba el río de negro. Yo seguí con la mirada el curso de una gaviota que iba a picotear las espinas enterradas en el montículo de arena empantanada en la costa.


Antes la gente acá pescaba, me dijiste con los ojos pegados al agua. Yo no me moví de mi lugar, seguía sentado en el cemento juntando un poco de arena sucia con las manos; hasta que te acercaste un poco más, levemente, y trajiste un frío parecido al que yo imaginaba cada vez que te veía, desde que pensé por primera vez que eras un espíritu deslavado por las aguas mugrientas. Entonces volví a mirar tu cabeza, tus pelos puntiagudos que absorbían como juncos la brisa de la tarde, y encontré perdidas en un pozo negro tus pupilas contraídas por el fulgor del agua. Creo que esa fue la primera vez que no esquivamos la mirada. ¿Fumás? No, no fumaba, pero acepté con la mano temblorosa y el estómago ansioso, desesperado ante la novedad. No supe cómo agarrarlo y abriste un poco mis dedos índice y mayor y lo colocaste ahí, mirando atento mi desconcierto y fascinación. El humo entró en mis ojos y reíste, te estás haciendo grande, me dijiste mientras te ibas quién sabe dónde. Me quedé sin saber qué hacer con el humo que, agresivo, intentaba violar mi garganta.

Recién llego a casa. Me tomé el 160 y continué la lectura de "Viaje al fin de la noche", ese libro del que tantas citas extraje para subir acá. La cuestión es que sí, es un libro de esos que provocan un placer extraño al leerlo, que se leen casi como en una estampida barranca abajo, de forma inevitable, sin poder frenar. Pero hoy, tal vez bajo cierto ánimo peculiar, no pude evitar ese AUCH! , casi de voz alta, que te pone la piel gallinezca al leer una frase; una de esas frases que te detienen por largo rato, que imposibilitan seguir leyendo, te golpean como mazaso. Bardamu, el personaje principal, -finalmente devenido médico luego de miles de travesías- atiende a su amigo Robinson que se quedó ciego por una explosión que le dio en plena jeta. Bardamu lo va a visitar dos veces al días y con el tiempo Robinson, en su ceguera, y espectador único de sus recuerdos, comienza a relatarle pedacitos de su vida. Robinson le cuenta un secreto a Bardamu sobre su iniciación sexual, y repite esa historia, que tanto le costó decir, todos los días. Lo repite tanto que la historia se trastona en chiste, todos cargan a Robinson por ese recuerdo. Y es en ese momento que Bardamu dice:


"Esto ocurre con nuestros secretos, en cuanto los aventamos en público. Quizá en nosotros y en la tierra y en el cielo, sólo es terrible lo que no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que todo sea dicho, de una santa vez; entonces, al fin, se hará el silencio y no tendremos miedo de callar. Ya estará"


martes, 4 de diciembre de 2007

Luciérnaga.


Siempre me gustó ver todo lo que se escapa, o mejor dicho cómo las cosas se escapan. Ver caer el agua de la pileta de la cocina, rebalsada; juntar puñados de arena y hacerlos resbalar entre los dedos; pisar el barro; cazar luciérnagas; hundir despacio los pies en el mar. No sé en realidad si las cosas se escapan, sino que vuelven donde pertenecen. Se escapan de mí, en todo caso. Y me gusta ver cómo la gente se escapa, para volver tranquilamente a sí mismos. Tal vez porque no pertenecemos, como la arena o las luciérnagas, a lo que nos semeja en forma, peso, estructura. Tal vez porque no pertenecemos a ningún lugar más que a nuestro propio cuerpo. Nos falta fluidez para escurrirnos y mezclarnos, o sentido de totalidad para ser playa, y no sólo grano. O tener un lenguaje común como la fosforescencia de la luciérnaga.



Pocas veces me brilla el estómago.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Decididamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres.

Una vida interior intensa se basta a sí misma, y sería capaz de fundir veinte años de hielo.



Louis Ferdinand Celine, "Viaje al fin de la noche".

domingo, 2 de diciembre de 2007

Esta noche en el agua.


Reflejándose en el agua, con la cara hacia la luna y la luna en el agua. Los movimientos redoblados de tu reflejo haciéndose casi gigantes, a punto de chocar contra las oscuras piedras estancadas que cortan la quietud imposible del agua. Tu cara en el agua es un monigote de la luna que bailotea con su luz y su fuerza solitaria. Detrás están los pastos que se doblan y se hunden bajo el pie de mi caballo silencioso, que en su huella deja los trazos de la desesperación de la doma. Llego despacio, sin dudar, a tu espalda que me esconde del río y la luna, para intentar tocar un solo cabello oscuro. Los pastos no crujen y los bichos gritan las melodías arrancadas del estómago. Acomodo mis manos peludas a tu cuerpo de luna blanca, de cara reflejada en el río blanco y espero a que el agua se aquiete y acaricie nuevamente los bordes de tus pies. Reflejándose en el agua ahora está mi cara, volteada hacia la luna oscura de tu cuello, y lo blanco está en mi barba mojada de luna blanca. Mis manos despiertan al río y vuelve a rebotar mi cara en la piedra oscura; levanto tu cabeza y te hago expulsar el agua por la boca, que queda atrapada en los pelos y las arrugas de mi mano vieja y disciplinada. Si alguna vez quisiste asustarme con tu palidez, no lo sé; me lo dirás cuando despiertes. Te preguntaré por los pies que arrullaba el agua, gastando las uñas y la suave carne blanca. Te preguntaré por la cara anclada en el barro de la costa y por el agua que estaría inflamando tus pulmones, ornamentándolo con pastos y granos de tierra mojada. Te levantaré con mis brazos y te llevaré a mi morada, para que me cuentes qué te ha pasado en esta noche de luna blanca. Tendrás que despertar de tu sueño mojado para explicar tu desesperación, o la cólera cobarde de algún desesperado. Ahora tienes que descansar de la luna y su reflejo, de tu cara hundida reflejándose en el agua, para que me cuentes tu vida y tus noches a escondidas, temerosa de esa profunda violencia que has provocado. Déjame secarte las piernas, déjame acomodarte los cabellos que se pegan a tus ojos y me esconden la mirada de agua estancada y triste. Yo no estaré cuando despiertes, pero mis preguntas quedarán selladas en estas paredes como presencia, como murmullo de flores quemadas y cenizas. Yo no estaré cuando despiertes, pero regresarás algún día para saber quién te ha rescatado de la luna y del reflejo de tu cara hundiéndose en el agua. Y cuando vuelvas, tampoco estaré, porque la bestia de mi cara olerá tus pasos y escuchará los latidos de tu respiración, acercándose, amenazando el secreto de mi cuerpo, mi corazón domado.
Pero te estaré observando, privilegiando tu cara sobre los árboles y ciervos, y esperaré indefinidamente por tus respuestas, cuando decidas susurrarle o gritarle al viento la tristeza de esta noche en el agua. Esta noche, este secreto, esta guarida, no lo compartas cuando despiertes y reanudes tu camino. Te he salvado del agua y la luna, sálvame con el silencio.
Cuando despiertes yo ya me habré ido; esperándote.

viernes, 30 de noviembre de 2007


No quiero aprender a vivir, sino descubrir la vida de una vez y para siempre. Juzgo con pasión y vergüenza, no puedo impedirme juzgar; toso y escupo hacia el perfume de las flores y la tierra, recuerdo la condena y el orgullo de no participar de los actos de ellos.
A veces están dentro de mí todas aquellas cosas en las que no quiero pensar porque es imposible pensarlas; pero generalmente están detrás, a mis espaldas, como una sombra olvidable y a la que no me es permitido pisar. Ellos me harán preguntas cuando las miradas, las sonrisas y el silencio se hagan transparentes y muestren el vacío, la soledad, la separación. Nada de lo que es importante puede ser pensado, todo lo importante debe arrastrarse inconscientemente con uno, como una sombra.


Juan Carlos Onetti, "Juntacadáveres".

jueves, 29 de noviembre de 2007

Primer Síntoma


Escucho el silbido del barco a punto de zarpar, Quién lo hará pitar, me pregunto, y vuelvo a ver la sombra móvil que me cubre. Él está sentado en su banquito de plaza, un tanto enterrado en la arena arrugada. Se levanta y se acomoda la remera transpirada –no entiendo cómo puede transpirar con este frío que nos mata- y se saca, prolijo, los granos de arena atrapados en los pliegues del pantalón. Él se va y nos quedamos solos; ella me pregunta si me gustaría meterme al mar, Por supuesto que no, le respondo, Yo ya soy grande y el mar es diversión de chicos. Ella me mira con cara risueña, mordiéndose un poco los labios, enfocando la atención al pozo que nos ocupa. Y si sos grande por qué estás haciendo un pozo conmigo, me pregunta, Porque me hubiera gustado ser arquitecto, le respondo. No contesta, tal vez porque no sabe qué es ser arquitecto. Los arquitectos hacen edificios, no pozos, me dice un tanto seria, con la pala de plástico rojo en la mano, Si hicieran agujeros trabajarían en cementerios, concluye. Me levanto, odio sentir la humedad de la arena en los pantalones. La arena mojada no sale fácil de las manos y no quiero arrastrarlas por la ropa. No entiendo cómo hice para caer de nuevo en lo mismo, en esa sensación de malestar, casi tan total como el llanto de un bebé. La quiero culpar a ella, que sigue insobornable en su papel de nena que juega en la playa, y la culpo: Pendeja de mierda, murmuro, y me voy a sentar un tanto aliviado. Cuando era chico comía las almejas que salían del mar, no tenían gusto a nada, pero esa sola acción me autentificaba como chico extraño, algo que siempre quise ser y nunca logré. Ella cree que ser arquitecto es hacer edificios, pero no sabe que ser arquitecto es ser imposible, imaginario, es poder ser una idea que se destruye y vuelve a inventarse. No sabe que ser arquitecto es no ser yo, y es ser un poco ella. La miro, sentado en el banquito, y puedo odiarla un poco, con su pelo trenzado y oscuro, puedo odiar esas manos a las que no le importan nada y a esa piel que no se queja.
Por qué no habré nacido muerto, nos dijo él antes de levantarse e irse a caminar un poco haciendo sonar ruidosamente sus chancletas. Lo dijo en tono gracioso, y ella se rió, porque ella se ríe de todo lo que se dice, como si nada le importara. Y es que nada le importa, más que ese pozo que tan afanosamente lastima, y que ya parece la abertura última de una playa bombardeada. Si sale agua es la sangre de la playa que te dice que la mataste, le digo. Y ella se ríe, porque ya no cree mis imbecilidades. Te das cuenta que por tu culpa la playa se va a morir, le pregunto; ella deja la pala a un lado, me mira y me dice: Vos vas a morirte antes que la playa, mirá –me dice mientras señala al mar- para que se muera tendría que salir toda esa agua por este agujerito; y si lo hiciera, acá estaría el agua y allá una nueva playa, donde estarías vos sentado en un banquito. Me enfrentó a mi mismo nuevamente, quemándome en un sol inverosímil, hundiendo el mismo banco en otras arenas. Me levanté y le di la espalda al mar, deteniéndome en esos arbustos sucios que coronan la playa como nido de pájaros muertos. Lo vi a él acercarse a lo lejos, con la remera oscurecida en los sobacos y el chancleteo torcido. Lo vi acercarse lo suficiente a nosotros como para detenerse un instante y volver hacia atrás sus pasos, de vuelta a un camino repleto de nuestra ausencia, de mi voz crispada y de las trenzas que se desamarran. La miro a ella, miro su remera de ositos y veo los mocos que le cuelgan y que forzosamente intenta inhalar. Basta, le grito, Limpiate esos mocos, asquerosa, y ella se ríe, sacándoselos con la palita roja y llenándose toda la cara de arena mojada. Justo en diagonal a ella veo mi imagen de nuevo, sentado en el banquito sobre el mar, como dueño de un reino que no quiero y que temo, que me empapa, me enfría y me mata. Siento frío y doy algunos saltos. Ella se acerca y salta a mi lado, A qué jugamos, me pregunta, A que seguías haciendo el pozo mientras yo me cago de frío y esperamos al viejo de mierda, te parece, le digo. Y ella se ríe, como si le estuviera haciendo un chiste. Tal vez si te metieras en el pozo te divertirías, me dice. Ja! meterme en el pozo, mojarme los pies, como si fuera a salir renovado y alegre, como si el pozo fuera la esperanza de una nueva luz que quemara los grises y transfigurara esta playa en arenas de purpurina. Me voy a llenar de sangre, le respondo, Y no quiero ser cómplice de tu crimen.
Me vuelvo a sentar y veo mi reino, uno siempre es rey donde menos lo quieren, o donde uno menos quiere estar. Mi reino tendría que tenerme sólo a mi como ciudadano, y estar enclavado en lo alto de los montes tibetanos, tendría que carecer de esa horizontalidad infinita que, como el mar, intenta engullirme. La escucho llorar y le pregunto qué le pasa, Hay un pez muerto acá abajo, me dice, Es verdad que maté a la playa. Le vuelven a salir los mocos y se los limpio con la manga de mi buzo. La levanto en brazos y nos sentamos los dos en el banquito, le acomodo la trenza y le digo: Ves allá al fondo, donde el sol está por hundirse? allá comienza otra playa y hay una nena como vos haciendo un pozo; allá ese pez está vivo y cuando nosotros nos vayamos va a venir a rescatar sus huesitos de este pozo. Ahora no se ríe, Y esa nena qué hace allá? me pregunta. Bueno, le respondo, esa nena espera a su papá como vos, pero el padre de ella vuelve. Ella se ríe y regresa al pozo, esta vez, para comenzar a taparlo.