martes, 16 de julio de 2013

Esto no es poesía.

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De repente un día se termina. Algo, al despertarte, hace tiempo que ya no está y ni siquiera te diste cuenta. Es como si todo el tiempo de tu vida hubieras mantenido una contabilidad exacta de las moscas que pasaban por tu frente, o de los centímetros de mugre dentro de las uñas, hasta que los números perdieran peso y con ello se llevaran no sólo la mugre y las moscas, sino también la frente y tus dedos. Desvanecerse suena a poesía, y no hay nada poético en esto. Las telarañas que a veces se suicidan, por ejemplo. Que estás tan acostumbrado a verlas contrastando la blancura de una esquina cualquiera, y que cuando te decidís a barrerlas te das cuenta de que hace ya tiempo que nadie vive ahí, que sus pobladores se fueron hace tal vez semanas y te dejaron sólo una pequeña suciedad que ni ganas da de limpiar. Ahora ni siquiera se comprime el alma cuando viaja en subte; viaja entre apretones y leyendo impasible sin fijar las ráfagas de pasado que habitan cada estación, sin pensar en deambular a la primerísima mañana entre policías autómatas y obreros de la construcción. Cuando esperaba el primer subte de la mañana asistía puntualmente, todos los días, al encuentro de dos amantes infieles: se encontraban a la altura de la primera puerta del primer vagón, cincuentones pletóricos de besos, y una vez que llegaban al primer abrazo que los unía no se separaban ni siquiera al llegar a Constitución, donde los perdía de vista. Había algo infantil en sus encuentros, en ese momento en que se vislumbraban caminando por el andén, casi como cuando uno esperaba los invitados al cumpleaños y no podía evitar cierta dilatación en las pupilas cuando el primero llegaba y se acercaba a saludar. Alguna vez fantaseé de hablarles, mientras ambos esperábamos: ella o él esperándose y yo esperando el subte. Nos sentábamos los tres en el mismo banco. Esperando. Yo esperaba a que se fuera la araña y ellos a que las tres estaciones separaran ciudades. Me quise creer cómplice, como aquella vez que caminé por delante de una pareja de mujeres por tanto tiempo, que al llegar a una duda crucial en su conversación, me sentí con derecho a darme vuelta y aconsejarles: “Es evidente que Marita necesita ayuda profesional, después de semejante trauma…”. Pero no lo hice, claro, porque era de mañana, y era temprano, y las luces cálidas de las estaciones tienen un no sé qué de impudicia que me aplastaba las palabras y me las envolvía entre los dientes. 
Ahora los amantes se perdieron en un coche oscuro que rueda un poco más allá de los paredones de Constitución, están abrazándose en ese movimiento detenido, mirando los túneles en dirección contraria, sintiéndose flotar, conmovidos apenas por alguna imperfección en los rieles. Alguna rata distraída, un paquete de chicles. Yo ya no tomo ese tren de la mañana; ni siquiera reconozco el banco en el que escuchaba alguna palabra indecente seguida de un choque de labios y un apretón en los muslos. Los viajes ahora me llevan a alguna parte, y me disfrazan las ansias con su traqueteo; me esconden entre paraguas negros y alguna mujer que se maquilla, bajo el diario de un hombre que apesta a vino, que no para de hacer crucigramas. 
Cabe una aclaración: nunca me atreví a sentirme su cómplice, ni siquiera su hijo.

1 comentario:

Ailen Cafiso dijo...

lo importante de las arañas que se fueron es que en algún momento estuvieron, y crearon telas, o recuerdos.