Una vez le pasé semillas de girasol por debajo de la puerta. Yo estaba en la casa de la tía, había ido a tomar la merienda con ella porque decía que le hacía bien mi compañía, que tan triste era su vida; y llamó mamá para avisarle que tenía que quedarme en su casa porque papá había tenido un accidente y tenía que ir a cuidarlo al hospital. Nada grave, me dijo la tía, lo tienen en observación por la dudas. Cuando ella hablaba con mamá por teléfono la escuché cuando bajó la voz, como siempre hacía cuando tenía que hablar de eso; era como una ceremonia familiar a la que uno se acostumbra, como no nombrar a algún pariente mal querido o no tocar las cosas de la abuela muerta que siguen juntando polvo en la habitación oscura. Bajó la voz para quejarse a mamá y decirle que no podía quedarme, que ella ya sabía cuál era la situación y que no tenía por qué ponerla en este aprieto con su sobrino preferido. Pero parece que mamá fue convincente porque al colgar y decirme lo de papá, la tía me dijo: “parece que hoy dormís acá”. Pero no sonreía. No quise que se sintiera incómoda y traté de componerme una cara de alegría cuando, en realidad estaba de lo más ansioso y asustado. Y sí, hay ceremonias familiares, esas que se van incorporando a medida que uno crece y no se cuestiona nunca; uno nunca se pregunta qué pasó para que no le hablen al tío mengano, es algo que se sabe desde siempre y que debe respetarse con el silencio. Y ahora me enfrentaba con el misterio, con esas voces bajitas que cuando aparecía se callaban y pasaban a otro tema; sólo algunas veces escuché fragmentos de diálogos entre la tía y mamá, cosas como: “... si sabés que la luz le hace mal, le salen las ampollitas” o “... se pasó toda la noche golpeteando”.
jueves, 28 de febrero de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
Museo del chisme.
Durante una campaña pacificadora en territorio ranquel, el gran escritor argentino del siglo XIX, improvisado militar para eludir una genealogía inoportuna, observa que muchos soldados y suboficiales satisfacen entre sí sus urgencias sexuales. Comenta el hecho con el médico del regimiento, quien, ignorando o subvalorando la cultura de su interlocutor, aduce como explicación ejemplos de la antigua Grecia. Impaciente, el hombre de letras y ocasional hombre de armas lo interrumpe: "Conozco mis clásicos. Lo que me intriga es la aceptación del dolor físico". Ante las explicaciones vagorosas, inconvincentes que recibe, prefiere hacer el experimento bajo la supervisación del médico. Llama a un edecán o a un soldado de guardia, lo conmina a "ponerse en condiciones" e, inclinado sobre una mesa, se somete a la prueba. Con voz indiferente va ordenando: "Entre", "Muévase", "Basta ya", "Retírese". Momentos más tarde, a solas con el médico, opina: "No le veo la gracia. Es como cagar al revés".
Fuente: Victoria Ocampo, París, 1975.
domingo, 10 de febrero de 2008
Bajo el sol.

Salgo al corredor y ahí me espera, inflamados los ojos de saltos que se aproximan, con el rabo agitado arrullando el pasto. “¡A los árboles!” le digo, y comienza su trote palpitante hasta el bosque de pinos que rodea la estancia. Detiene su recorrido cada veinte pasos, girando su cabeza dorada, asegurándose que la sigo en su camino. Bajo el sol la acompaño, intentando comprender su ansiedad, pensando “dame un poco de eso, dame un poco de ese sol que se te pega en la mirada”. La veo olfatear las agujas de los pinos, concentrada, aturdida por el olor de los pasos que las quebraron y las hundieron un poco más en la tierra mojada.
Seguimos camino hasta el claro, donde descansamos. Me siento y me mira perpleja, preguntándome con la mirada si es la hora de la pausa, “sí” le respondo, “sentémonos un rato a descansar” y se sienta a mi lado, mirando quién sabe dónde; hacia los ojos de las cosas, le murmuro, vos siempre atenta mirando a los ojos de las cosas.
Muerdo algunos pastos, buscando ese sabor imposible que ella disfruta. Me volvería loco, pienso, tanto olfato, tanto gusto, tanta alegría al ver al dueño, tanto sufrimiento al verlo alejarse. El dueño que no es “Dueño”, ni es “El”, ni es “Hombre”, es un poco más que eso, es una sensación pura que le hace temblar las costillas, que le hace intentar gritar un nombre que no existe, que es todo aroma, todo voz y sonido de pasos. El pasto es parte del entramado invisible de las cosas, que sólo ella conoce, y que le hace desear más pasto, más árbol, más barro para sus patas desnudas.
domingo, 3 de febrero de 2008
La excavación.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Augusto Roa Bastos.
domingo, 13 de enero de 2008
Jodorowsky.

Anomancia
Dándose cuenta de que los repliegues del ano eran tan personales como las líneas de la mano, inventó una nueva técnica adivinatoria. Sentaba al consultante, con las nalgas desnudas, en la fotocopiadora. La imagen anal así obtenida la inscribía dentro de un signo zodiacal. Hacía entonces una lectura del futuro extremadamente precisa. En las arrugas más profundas podía ver el pasado.
El más allá
De pronto, mientras pataleaba, se dio cuenta de que su ataúd era un huevo.
de Sombras al Mediodía, Alejandro Jodorowsky.
sábado, 5 de enero de 2008
Los Nombres.

Acercate, me dijo, acercate para verte mejor. Tenía un mazo de barajas en la mano, a las que revolvía nerviosa. La luz del techo le comía la cara con la sombra, esa palidez de lamparita cercaba los contornos de unas botas sin cordones, extraviadas cerca de la pava plateada que dormía recostada sobre el suelo. Acercate que la luz es débil, me volvió a decir acercándose ella unos pasos, trayéndome un poco de ese olor amargo de las flores del campo que se pelean por ser yuyos. Así te veo mejor las marcas, de cerquita, porque las marcas quieren esconderse como ladrón cobarde. Pero yo las veo, las marcas, de cerca, y se me descubren prepotentes. La luz comenzó a titilar y el gato me miró a los ojos, acariciándose la panza contra el piso de tierra. Ella detuvo el movimiento de las barajas y se llevó un dedo a los labios. Yo esperé asustado a que la luz volviera. Escuché a lo lejos el pitido de un tren, luego el silencio y el golpeteo de la higuera contra la ventana. Tenés la marca del dolor debajo de este ojo, me dijo, un mal parto, te habrás rasguñado al salir, desesperado. Y tu frente me cuenta esos caminos, me cuentan la fuga, y cómo marchaste sin encontrar nada, sólo polvo y más bifurcaciones. Para escapar hay que saber cómo volver, me susurró al oído, porque no sabemos no ser nada, como lo sabe el chimango o el crespín, y eso nos liga, y nos condena un poco también. Tu frente me grita el miedo de esta noche, tal vez de este mismo instante en que te miro, y me muestra los cardos que pisaste en el camino, me dibuja las estrellas que viste, la mancha oscura de un pájaro contra el cielo, la osamenta de un caballo hundido en una zanja, mi propia cara. Me tomó la mano, suave. Las marcas me hablan, repitió, y me dicen tu verdadero nombre, el que forma cada repliegue de tu carne, y que no existe en otro cuerpo más que en el tuyo. Leé cada uno de tus recuerdos como letras de ese nombre, mirá a la luna o a un vestido viejo y pediles una letra de ese abecedario que comparten con la mirada. Mirame a mí, sin miedos, que tengo una letra para darte.
El resplandor de la luna rebotaba sobre el cemento de la ruta, y el olor fresco del campo por la madrugada me hizo hinchar el pecho. Al cerrar la tranquera escuché el maullido cansado del gato colorado. Comencé a caminar en la penumbra, hacia la oscuridad que me ofrecía el camino al sur. Miré la luna que ya comenzaba su ocaso, miré mis zapatos gastados, los pastos que florecían de las grietas del asfalto. La ruta se perdía en la oscuridad, detrás de unos álamos altos. Mi nombre se perdió en aquel camino, pensé. Y me dirigí hacia el sur.
El resplandor de la luna rebotaba sobre el cemento de la ruta, y el olor fresco del campo por la madrugada me hizo hinchar el pecho. Al cerrar la tranquera escuché el maullido cansado del gato colorado. Comencé a caminar en la penumbra, hacia la oscuridad que me ofrecía el camino al sur. Miré la luna que ya comenzaba su ocaso, miré mis zapatos gastados, los pastos que florecían de las grietas del asfalto. La ruta se perdía en la oscuridad, detrás de unos álamos altos. Mi nombre se perdió en aquel camino, pensé. Y me dirigí hacia el sur.
jueves, 3 de enero de 2008
Círculos.

Estoy indudablemente circunscripto en un círculo tenaz que sin embargo no se me ha metido totalmente en la carne, todavía; a veces lo siento más flojo, y creo que podría romperlo.
Hace poco cuando salía del ascensor a la hora acostumbrada, se me ocurrió que mi vida, con sus días más minuciosamente repetidos, se parece a esos deberes que se da como castigo a los escolares, donde tienen que repetir, según la ofensa, diez, cien , o más veces la misma oración, oración que por culpa de la repetición pierde todo sentido; sólo que en mi caso el castigo no tiene más limitación que ésta: “ tantas veces como puedas”.
de los diarios de Franz Kafka.
domingo, 23 de diciembre de 2007
Quién.
Como un pájaro con vértigo, le dijo mientras escribía la nota. Tal vez en unos días, fue la última línea, antes del besos, te quiero. Un pájaro con vértigo, pensó, después de escucharla, un pájaro con vértigo no sería un pájaro. Debe ser así cómo se siente, con miedo a ser, reflexionó mientras ella daba la última vuelta a la bufanda, lista ya para irse. Le dio las llaves a él para que cerrara la puerta, asegurate de cerrar la de arriba que siempre me olvido, le gritó desde el auto, no vaya a ser que también se le lleven la tele, murmuró con una risita nerviosa. Los pájaros se paran en los cables de luz y no tienen miedo, siguió pensando él, y no tienen miedo porque son pájaros y no tienen vértigo. Ella debe tener miedo hasta de lavar los platos, o de quemarse mientras le plancha la camisa. Le preguntó por qué un pájaro, y ella abrió la ventanilla antes de responder, porque los veo a veces colgarse en las hojitas del árbol del patio y quisiera que alguno se caiga, pero no, no caen, y me da rabia. Imaginate lo que sería de nosotros si pudiésemos ver las miguitas de pan desde la altura, continuó, sólo veríamos los defectos de las cosas y con eso no comemos. Tenés que doblar en la próxima, le recordó; yo soy un pájaro con vértigo, como te dije, imaginate a uno de esos bichos sin poder volar, no podría bajarse del nido. Tenés bufanda y abrís la ventanilla, le dijo él, cerrala, me hacés el favor. Tal vez en unos días, había escrito, y qué vas a hacer ahora, le preguntó después de detener el auto justo antes de la curva. Voy a ver si consigo mis propias lombrices, dijo ella riéndose un poco, tengo el gollete duro de tanto esperar pico arriba. Mirá que vos no tenés la vista de un pájaro, le advirtió él. Tenés que retomar la calle en esta curva, respondió ella desde afuera, apoyando los codos en la ventanilla, no te pierdas, estas calles son engañosas, con muchas diagonales.
La vio acomodarse la bufanda antes de entrar. Si yo pudiera colgarme de la hoja como ella, murmuró, antes de hacer la curva y acelerar.
La vio acomodarse la bufanda antes de entrar. Si yo pudiera colgarme de la hoja como ella, murmuró, antes de hacer la curva y acelerar.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Tarde.

Estuve esperando.
Bajo la parra.
Las uvas eran chiquitas y amargas.
Despellejé algunas y las tiré lejos, por si las moscas.
Me hice un test y resulta que mi cuerpo tiene una edad de 37, 5 años.
Así que, no sé, debería salir a correr en vez de esperar bajo la parra.
Querido Diario:
No, eso no.
¿Un poema?
No, no me salen. Pondría palabras como Amor, Soledad, Fuego o Marzo.
Me falta la metafísica.
Mis símbolos se consumen rápido.
Me falta yuyo, tranquera o dios.
Encontré una babosa, y no sé porqué tengo la idea de que queman como una gatapeluda. Desde chico lo pensé. Una vez en Mar del Plata salí a la calle y había muchos sapos aplastados, alguien les había dado una mano de pintura encima, de todos colores. Había salido con mi hermana a comprar un pepsi, y discutimos si era más rica que la Coca Cola. La Pepsi tiene más gusto a remedio, me dijo ella.
Leí: “Vivieron un día más sin vivirlo, y repondrán fuerzas, ahora, para vivir mañana un día que tampoco será vivido, a menos que se fuguen –como lo hacía yo antes, a esta hora- hacia el estrépito de las danzas y el aturdimiento del licor, para hallarse más desamparados aún, más fatigados, en el próximo sol”.
Levanté la cabeza como para pensar un poco, haciendo conjeturas sobre ese próximo sol, sobre ese día no vivido.
Una mosca atravesó el sopor.
Se sentó conmigo a esperar.
Pero ella no sabía.
Yo no escribo poesía.
Bajo la parra.
Las uvas eran chiquitas y amargas.
Despellejé algunas y las tiré lejos, por si las moscas.
Me hice un test y resulta que mi cuerpo tiene una edad de 37, 5 años.
Así que, no sé, debería salir a correr en vez de esperar bajo la parra.
Querido Diario:
No, eso no.
¿Un poema?
No, no me salen. Pondría palabras como Amor, Soledad, Fuego o Marzo.
Me falta la metafísica.
Mis símbolos se consumen rápido.
Me falta yuyo, tranquera o dios.
Encontré una babosa, y no sé porqué tengo la idea de que queman como una gatapeluda. Desde chico lo pensé. Una vez en Mar del Plata salí a la calle y había muchos sapos aplastados, alguien les había dado una mano de pintura encima, de todos colores. Había salido con mi hermana a comprar un pepsi, y discutimos si era más rica que la Coca Cola. La Pepsi tiene más gusto a remedio, me dijo ella.
Leí: “Vivieron un día más sin vivirlo, y repondrán fuerzas, ahora, para vivir mañana un día que tampoco será vivido, a menos que se fuguen –como lo hacía yo antes, a esta hora- hacia el estrépito de las danzas y el aturdimiento del licor, para hallarse más desamparados aún, más fatigados, en el próximo sol”.
Levanté la cabeza como para pensar un poco, haciendo conjeturas sobre ese próximo sol, sobre ese día no vivido.
Una mosca atravesó el sopor.
Se sentó conmigo a esperar.
Pero ella no sabía.
Yo no escribo poesía.
lunes, 17 de diciembre de 2007
Encargo.
.
No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas. Grita.
Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo, lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso.
Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.
Julio Cortázar.
domingo, 16 de diciembre de 2007
Fragmento II.
Volvieron al astillero después de un año y medio en la ciudad y se sentaron toda una tarde en el bloque de cemento. No había nada más que ver en el pueblo, a no ser por las viejas casas derruidas en las que habían vivido. Entonces volvieron callados a seguir la ruta de alguna gaviota esperanzada que volaba sobre el río opaco. No había rastros del astillero, lo habían terminado de demoler cuatro años atrás, después de estar más de veinte en ruinas. Sólo una plataforma gigante de cemento se extendía frente al río, enclavada en la arena oscura, recordando tiempos de barcos y peces. Estuvieron sólo esa tarde y nunca más volvieron, porque no fueron capaces de precisar qué es lo que querían recordar. Porque un recuerdo no debe ser una imagen recuperable, sino la sensación de pérdida de una melancolía vieja que ya el cuerpo no se permitiría nunca. La distancia posible para alcanzar a un recuerdo es la insalvable.
viernes, 14 de diciembre de 2007
Bebert.

Le gritó que apareciera, Aparecé Bebert, le dijo, pero Bebert no quería aparecer. Ella le volvió a gritar Aparecé Bebert y él se escondió más fuerte, con más ganas dentro de los árboles. Porque a Bebert le gustaba que lo buscaran, le gustaba el sonido de la voz de la tía desde dentro del árbol. Bebert, que me enojo, escuchaba Bebert desde dentro del árbol, y él, para no hablar o reírse se pegaba hojas secas en el labio. Bebert se murió un día de esos, se le cayó una hojita del labio y se rió, Te encontré, Bebert, le dijo ella, y se lo llevó a la casa para que la ayude a prender un fuego. Y al otro día Bebert estaba muerto, quieto debajo de las sábanas, sin ninguna hojita en el labio. Aparecé Bebert, siguió gritando la tía, buscando dentro de los árboles. Pero Bebert no quería aparecer, era más chiquito que una hoja, arriba, en el pico de un pájaro.
martes, 11 de diciembre de 2007
En la Plaza.
El banco de la plaza crujió un poco cuando le saqué la caca de paloma con la mano. El día estaba lindo, muy primaveral, de esos en los que se ven muchos chicos tomando helado de palito y viejitos dormidos. Te sentaste y me hablaste del tango, y apenas dijiste: “vos tenés que escuchar la letra de los tangos”, yo ya no te escuché más. A Gardel no lo mencionaste, y me acuerdo porque estaba esperando la palabra Zorzal en cualquier momento, pero no apareció. Claro, te decía, el Tango es bien argentino y a los japoneses les encanta, por eso se vienen de a malones en los buques pesqueros. Y vos me decías a todo que sí, porque no me escuchabas. Te conté que mi abuela tenía un poster de Gardel pegado en la heladera y que me hacía ver sus películas, y tampoco me escuchaste, en ese momento ya estabas por Piazzola. Entonces yo me seguí acordando tranquilo de las películas de Gardel y las de Tita Merello mientras escuchaba de fondo la música de un lunfardo que arrancaba lágrimas de malestar. Este es un día peronista, te escuché decir, de improviso. ¿Por el sol?, te pregunté. Por el sol y la gente reunida, me respondiste. Ah, no lo sabía.
Le compraste un helado de palito al vendedor, de chocolate. Te dije que uno se prueba como argentino al tomar mate con cuarenta grados de calor, no helado de palito, y menos de chocolate. El chocolate no es argentino, si fuera de dulce de leche todavía. Me miraste serio y lo supe enseguida, me ibas a hablar de folcklore.
Yo miraba el reloj pero vos no me mirabas.
Yo que le saqué la caca de paloma al banco para que hablemos de eso y de “Plumas de ganso”.
Yo que viajé dos horas para verte te escucho hablar de Guaraní y de cómo le gusta el vino.
Yo que me cago de calor y no me invitaste ni siquiera una chupadita del helado.
Yo que extraje del polvo a “Los isleros” y una heladera vieja y no me diste pelota.
Ahora vuelvo a casa tranquilo.
Voy a debatir a los Marx en el espejo.
O a reírme.
Qué lindo día peronista.
Le compraste un helado de palito al vendedor, de chocolate. Te dije que uno se prueba como argentino al tomar mate con cuarenta grados de calor, no helado de palito, y menos de chocolate. El chocolate no es argentino, si fuera de dulce de leche todavía. Me miraste serio y lo supe enseguida, me ibas a hablar de folcklore.
Yo miraba el reloj pero vos no me mirabas.
Yo que le saqué la caca de paloma al banco para que hablemos de eso y de “Plumas de ganso”.
Yo que viajé dos horas para verte te escucho hablar de Guaraní y de cómo le gusta el vino.
Yo que me cago de calor y no me invitaste ni siquiera una chupadita del helado.
Yo que extraje del polvo a “Los isleros” y una heladera vieja y no me diste pelota.
Ahora vuelvo a casa tranquilo.
Voy a debatir a los Marx en el espejo.
O a reírme.
Qué lindo día peronista.
Ah, ¿eso?, eso era una nube nomás.
lunes, 10 de diciembre de 2007
La Grande.

Antes del amanecer, en la negrura sin aire de la madrugada, un chingolo cantaba entre los árboles del jardín, y con la primera claridad, llegaron los jilgueros, los gorriones, a saludar, con un bullicio excitado, la salida del sol, el nuevo día, piensa ahora Gutierrez, tan espléndido como inútil. Y vuelve a verse desnudo en la cama, con Leonor desnuda, dormida, a su lado, sobre la sábana blanca toda retorcida y empapada de sudor, y oye todavía, treinta y tantos años más tarde, la agitación ruidosa de los pájaros que, habiéndose ya olvidado de que el día anterior el mismo fuego incomprensible había ido subiendo desde el este, el día anterior y el anterior al anterior, hasta agotar los días abolidos en un pasado intangible, anterior a la existencia misma de la memoria, creen que el resplandor que revela el mundo y disuelve las tinieblas, les está destinado y está ocurriendo por primera vez, igual que quien ha sido captado en el aura mágica del deseo piensa que, por primera vez desde el comienzo del mundo, su sentido, a través del tacto tosco y de la carne rudimentaria, ha sido por fin revelado.
Juan José Saer.
domingo, 9 de diciembre de 2007
Y también (III), porque me gusta.
Redacción Coromanpicadero.
Revista Típica India.
Querida Señora: Le rogamos poner punto final al hecho de que el Señor Froll o Frollo se haga mandar a nuestra Iglesia de Porta Pia la correspondencia de la respetable Coromanpicadero, por gentileza de nuestra Autoridad Misionera Local. Estas cartas son retiradas por una mujer italiana en una motocicleta pequeña, y esta mujer italiana de nombre Marilyn Monroe se ha inmiscuido con dos de nuestros Ancianos más jóvenes, Anciano Crook de Salt Lake City y Anciano Kalawii-a de Honolulu, quienes llegaron a Roma con 18 años de edad cada uno, en el mes pasado, para desarrollar obra evangélica en la castidad y la verdad. En una cantina de Cavour Place llamada Theatro Beat 72 bajo influencia de ella se vieron obligados a a fumar pipas y cigarros y a beber licores y emulsivos y perdieron la bicicleta. Desde hace más de un siglo los Santos conocen estas tentaciones, y nuestros ancianos se fortifican con ellas. Por suerte, la mujer era un hombre disfrazado; pero otros eran Comunistas en persona. De ahora en adelante esta Señorita no será recibida con benevolencia.
Fielmente suyo,
Revista Típica India.
Querida Señora: Le rogamos poner punto final al hecho de que el Señor Froll o Frollo se haga mandar a nuestra Iglesia de Porta Pia la correspondencia de la respetable Coromanpicadero, por gentileza de nuestra Autoridad Misionera Local. Estas cartas son retiradas por una mujer italiana en una motocicleta pequeña, y esta mujer italiana de nombre Marilyn Monroe se ha inmiscuido con dos de nuestros Ancianos más jóvenes, Anciano Crook de Salt Lake City y Anciano Kalawii-a de Honolulu, quienes llegaron a Roma con 18 años de edad cada uno, en el mes pasado, para desarrollar obra evangélica en la castidad y la verdad. En una cantina de Cavour Place llamada Theatro Beat 72 bajo influencia de ella se vieron obligados a a fumar pipas y cigarros y a beber licores y emulsivos y perdieron la bicicleta. Desde hace más de un siglo los Santos conocen estas tentaciones, y nuestros ancianos se fortifican con ellas. Por suerte, la mujer era un hombre disfrazado; pero otros eran Comunistas en persona. De ahora en adelante esta Señorita no será recibida con benevolencia.
Fielmente suyo,
Anciano Tippets
Centro Misionero
Mormón
Via Fabio Numerio 10
Roma
Wilcock (II)

Sección de Informaciones Útiles.
Acaba de ponerse a punto un tipo de lente de contacto para gallinas, informa el Centro de Investigaciones Ópticas, con el fin de combatir las frustaciones de los pollos y las perturbaciones nerviosas de las aves de corral en general. Nada provoca más frustaciones a la gallina que el hecho de picotear un insecto inexistente, o bien de toparse con piedritas molestas mientras come, explican los psiquiatras que se han ocupado del problema. Las lentes de contacto para gallinas son de plástico rojo y reducen considerablemente la nerviosidad característica de estas populares aves.
De "Los dos indios alegres".
sábado, 8 de diciembre de 2007
J.R. Wilcock.
El Correo del lector.
Dr. De Cola.
Novela de los dos Alegres Caballos.
También mi padre hacia el ´90, más precisamente en 1886 al morir mi hermana, me regaló un potrillo para mí solo. ¡Cómo nos queríamos Tony y yo! Cada vez que salía de casa, ahí estaba Tony junto a la valla, esperándome. Tomaba una de mis orejas entre sus tiernos labios y me la estiraba parado sobre las patas de atrás; o bien me mordía un hombro con sus tiernas mandíbulas invitándome a dar un paseo.
Hasta que un día me hizo caer sobre una piedra delante del molino, y quedé inválido para siempre, aunque seguí siendo muy vivaz. Desde 1887 vivo sentado frente a la ventana y leo revistas ilustradas, pero no dejo de pensar en Tony. Mi padre lo regaló como castigo, y como castigo al año siguiente le cayó encima un árbol y murió (mi padre). No hay amigo como un caballo.
Felicidades y saludos,
Console sala.
Verolanuova - Brescia.
de "Los Dos Indios Alegres".
Dr. De Cola.
Novela de los dos Alegres Caballos.
También mi padre hacia el ´90, más precisamente en 1886 al morir mi hermana, me regaló un potrillo para mí solo. ¡Cómo nos queríamos Tony y yo! Cada vez que salía de casa, ahí estaba Tony junto a la valla, esperándome. Tomaba una de mis orejas entre sus tiernos labios y me la estiraba parado sobre las patas de atrás; o bien me mordía un hombro con sus tiernas mandíbulas invitándome a dar un paseo.
Hasta que un día me hizo caer sobre una piedra delante del molino, y quedé inválido para siempre, aunque seguí siendo muy vivaz. Desde 1887 vivo sentado frente a la ventana y leo revistas ilustradas, pero no dejo de pensar en Tony. Mi padre lo regaló como castigo, y como castigo al año siguiente le cayó encima un árbol y murió (mi padre). No hay amigo como un caballo.
Felicidades y saludos,
Console sala.
Verolanuova - Brescia.
de "Los Dos Indios Alegres".
Dos sueños.
I.
Al cambiar los muebles de lugar, quedé atrapado. El empapelado me absorbió y formó en mi cabeza una corona de flores. Todo mi cuerpo tomó el color violáceo del papel y el espejo del aparador se partió. De los bordes colgaban racimos de vidrio, y en una de las pequeñas estalactitas se perdió mi imagen. Durante días los muebles descansaron de la tiranía de mis costumbres y, cuando volvieron a sentirse ellos mismos, intercedieron por mí. Lentamente fui acostado entre las sábanas. Retomé la rutina. Pero la corona de flores persiste en mi frente.
II.
Cansado llegué al final; a un baldío oscuro y barroso, como de tormenta vieja. Sólo una parte del campo estéril estaba iluminado por un reflector gigante, operado por una sombra oscura. La luz giró hacia mí; blanco, desnudo, embarrado. Del centro de la oscuridad escuché los aplausos. En la pantalla gigante que se iluminó de repente, entre la negrura del barrial, se proyectaban imágenes de mi nacimiento; blanco, desnudo, ensangrentado. La multitud sentada en las butacas que se hundían en el barro perdió su interés en ese hombre desnudo plantado a la salida del laberinto de telas. Bajé la cabeza porque la función había comenzado. Esperé a oscuras, detrás de las asientos, durante algunas horas. Mis dientes castañeaban. Atontado y vencido me acerqué a la pantalla y corté las sogas de ese deus ex machina colgante, aparecido de improviso sobre el final de la proyección, que recreaba con sombras chinescas una fábula ajena sobre mi muerte.
Solo y cansado retomé el camino de telas. Tirado en el barrial, tenuemente iluminado, el dios de juguete me miraba. Al pasar por su lado, chapoteando, lo salpiqué. Los ojos se le cerraron.
jueves, 6 de diciembre de 2007
Fragmentos.

Cerca del astillero, entre maderas podridas y un río turbio, pálido por las sombras invisibles del viento. Cerca del mástil herrumbrado que emergía de la arena estancada y sucia, contaminada de peces muertos y aserrín. Cerca, sentado en el bloque de cemento que brotaba del río (que había tragado viejos edificios y muertes) sentí tu risa atravesar los espacios dinamitados del astillero. Te vi parado frente a una gigantesca pared de concreto riendo solo y meando imaginariamente tu nombre. La pared, recuerdo, no te invadía con su sombra. Volví entonces a la luz que me enfrentaba desde el reflejo del agua. Pateando arena te acercaste y te sentaste cerca, doblando las rodillas; te miré sin interés, creyendo que tal vez fueras un alma expurgada del viejo edificio.
Teníamos doce años y nos encontramos cerca de las paredes ruinosas del astillero.
Sin exageraciones te levantaste y te fuiste con el sol, que ya manchaba el río de negro. Yo seguí con la mirada el curso de una gaviota que iba a picotear las espinas enterradas en el montículo de arena empantanada en la costa.
Sin exageraciones te levantaste y te fuiste con el sol, que ya manchaba el río de negro. Yo seguí con la mirada el curso de una gaviota que iba a picotear las espinas enterradas en el montículo de arena empantanada en la costa.
Antes la gente acá pescaba, me dijiste con los ojos pegados al agua. Yo no me moví de mi lugar, seguía sentado en el cemento juntando un poco de arena sucia con las manos; hasta que te acercaste un poco más, levemente, y trajiste un frío parecido al que yo imaginaba cada vez que te veía, desde que pensé por primera vez que eras un espíritu deslavado por las aguas mugrientas. Entonces volví a mirar tu cabeza, tus pelos puntiagudos que absorbían como juncos la brisa de la tarde, y encontré perdidas en un pozo negro tus pupilas contraídas por el fulgor del agua. Creo que esa fue la primera vez que no esquivamos la mirada. ¿Fumás? No, no fumaba, pero acepté con la mano temblorosa y el estómago ansioso, desesperado ante la novedad. No supe cómo agarrarlo y abriste un poco mis dedos índice y mayor y lo colocaste ahí, mirando atento mi desconcierto y fascinación. El humo entró en mis ojos y reíste, te estás haciendo grande, me dijiste mientras te ibas quién sabe dónde. Me quedé sin saber qué hacer con el humo que, agresivo, intentaba violar mi garganta.
Recién llego a casa. Me tomé el 160 y continué la lectura de "Viaje al fin de la noche", ese libro del que tantas citas extraje para subir acá. La cuestión es que sí, es un libro de esos que provocan un placer extraño al leerlo, que se leen casi como en una estampida barranca abajo, de forma inevitable, sin poder frenar. Pero hoy, tal vez bajo cierto ánimo peculiar, no pude evitar ese AUCH! , casi de voz alta, que te pone la piel gallinezca al leer una frase; una de esas frases que te detienen por largo rato, que imposibilitan seguir leyendo, te golpean como mazaso. Bardamu, el personaje principal, -finalmente devenido médico luego de miles de travesías- atiende a su amigo Robinson que se quedó ciego por una explosión que le dio en plena jeta. Bardamu lo va a visitar dos veces al días y con el tiempo Robinson, en su ceguera, y espectador único de sus recuerdos, comienza a relatarle pedacitos de su vida. Robinson le cuenta un secreto a Bardamu sobre su iniciación sexual, y repite esa historia, que tanto le costó decir, todos los días. Lo repite tanto que la historia se trastona en chiste, todos cargan a Robinson por ese recuerdo. Y es en ese momento que Bardamu dice:
"Esto ocurre con nuestros secretos, en cuanto los aventamos en público. Quizá en nosotros y en la tierra y en el cielo, sólo es terrible lo que no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que todo sea dicho, de una santa vez; entonces, al fin, se hará el silencio y no tendremos miedo de callar. Ya estará"
martes, 4 de diciembre de 2007
Luciérnaga.

Siempre me gustó ver todo lo que se escapa, o mejor dicho cómo las cosas se escapan. Ver caer el agua de la pileta de la cocina, rebalsada; juntar puñados de arena y hacerlos resbalar entre los dedos; pisar el barro; cazar luciérnagas; hundir despacio los pies en el mar. No sé en realidad si las cosas se escapan, sino que vuelven donde pertenecen. Se escapan de mí, en todo caso. Y me gusta ver cómo la gente se escapa, para volver tranquilamente a sí mismos. Tal vez porque no pertenecemos, como la arena o las luciérnagas, a lo que nos semeja en forma, peso, estructura. Tal vez porque no pertenecemos a ningún lugar más que a nuestro propio cuerpo. Nos falta fluidez para escurrirnos y mezclarnos, o sentido de totalidad para ser playa, y no sólo grano. O tener un lenguaje común como la fosforescencia de la luciérnaga.
Pocas veces me brilla el estómago.
lunes, 3 de diciembre de 2007
domingo, 2 de diciembre de 2007
Esta noche en el agua.

Reflejándose en el agua, con la cara hacia la luna y la luna en el agua. Los movimientos redoblados de tu reflejo haciéndose casi gigantes, a punto de chocar contra las oscuras piedras estancadas que cortan la quietud imposible del agua. Tu cara en el agua es un monigote de la luna que bailotea con su luz y su fuerza solitaria. Detrás están los pastos que se doblan y se hunden bajo el pie de mi caballo silencioso, que en su huella deja los trazos de la desesperación de la doma. Llego despacio, sin dudar, a tu espalda que me esconde del río y la luna, para intentar tocar un solo cabello oscuro. Los pastos no crujen y los bichos gritan las melodías arrancadas del estómago. Acomodo mis manos peludas a tu cuerpo de luna blanca, de cara reflejada en el río blanco y espero a que el agua se aquiete y acaricie nuevamente los bordes de tus pies. Reflejándose en el agua ahora está mi cara, volteada hacia la luna oscura de tu cuello, y lo blanco está en mi barba mojada de luna blanca. Mis manos despiertan al río y vuelve a rebotar mi cara en la piedra oscura; levanto tu cabeza y te hago expulsar el agua por la boca, que queda atrapada en los pelos y las arrugas de mi mano vieja y disciplinada. Si alguna vez quisiste asustarme con tu palidez, no lo sé; me lo dirás cuando despiertes. Te preguntaré por los pies que arrullaba el agua, gastando las uñas y la suave carne blanca. Te preguntaré por la cara anclada en el barro de la costa y por el agua que estaría inflamando tus pulmones, ornamentándolo con pastos y granos de tierra mojada. Te levantaré con mis brazos y te llevaré a mi morada, para que me cuentes qué te ha pasado en esta noche de luna blanca. Tendrás que despertar de tu sueño mojado para explicar tu desesperación, o la cólera cobarde de algún desesperado. Ahora tienes que descansar de la luna y su reflejo, de tu cara hundida reflejándose en el agua, para que me cuentes tu vida y tus noches a escondidas, temerosa de esa profunda violencia que has provocado. Déjame secarte las piernas, déjame acomodarte los cabellos que se pegan a tus ojos y me esconden la mirada de agua estancada y triste. Yo no estaré cuando despiertes, pero mis preguntas quedarán selladas en estas paredes como presencia, como murmullo de flores quemadas y cenizas. Yo no estaré cuando despiertes, pero regresarás algún día para saber quién te ha rescatado de la luna y del reflejo de tu cara hundiéndose en el agua. Y cuando vuelvas, tampoco estaré, porque la bestia de mi cara olerá tus pasos y escuchará los latidos de tu respiración, acercándose, amenazando el secreto de mi cuerpo, mi corazón domado.
Pero te estaré observando, privilegiando tu cara sobre los árboles y ciervos, y esperaré indefinidamente por tus respuestas, cuando decidas susurrarle o gritarle al viento la tristeza de esta noche en el agua. Esta noche, este secreto, esta guarida, no lo compartas cuando despiertes y reanudes tu camino. Te he salvado del agua y la luna, sálvame con el silencio.
Cuando despiertes yo ya me habré ido; esperándote.
Pero te estaré observando, privilegiando tu cara sobre los árboles y ciervos, y esperaré indefinidamente por tus respuestas, cuando decidas susurrarle o gritarle al viento la tristeza de esta noche en el agua. Esta noche, este secreto, esta guarida, no lo compartas cuando despiertes y reanudes tu camino. Te he salvado del agua y la luna, sálvame con el silencio.
Cuando despiertes yo ya me habré ido; esperándote.
viernes, 30 de noviembre de 2007

No quiero aprender a vivir, sino descubrir la vida de una vez y para siempre. Juzgo con pasión y vergüenza, no puedo impedirme juzgar; toso y escupo hacia el perfume de las flores y la tierra, recuerdo la condena y el orgullo de no participar de los actos de ellos.
A veces están dentro de mí todas aquellas cosas en las que no quiero pensar porque es imposible pensarlas; pero generalmente están detrás, a mis espaldas, como una sombra olvidable y a la que no me es permitido pisar. Ellos me harán preguntas cuando las miradas, las sonrisas y el silencio se hagan transparentes y muestren el vacío, la soledad, la separación. Nada de lo que es importante puede ser pensado, todo lo importante debe arrastrarse inconscientemente con uno, como una sombra.
A veces están dentro de mí todas aquellas cosas en las que no quiero pensar porque es imposible pensarlas; pero generalmente están detrás, a mis espaldas, como una sombra olvidable y a la que no me es permitido pisar. Ellos me harán preguntas cuando las miradas, las sonrisas y el silencio se hagan transparentes y muestren el vacío, la soledad, la separación. Nada de lo que es importante puede ser pensado, todo lo importante debe arrastrarse inconscientemente con uno, como una sombra.
Juan Carlos Onetti, "Juntacadáveres".
jueves, 29 de noviembre de 2007
Primer Síntoma

Escucho el silbido del barco a punto de zarpar, Quién lo hará pitar, me pregunto, y vuelvo a ver la sombra móvil que me cubre. Él está sentado en su banquito de plaza, un tanto enterrado en la arena arrugada. Se levanta y se acomoda la remera transpirada –no entiendo cómo puede transpirar con este frío que nos mata- y se saca, prolijo, los granos de arena atrapados en los pliegues del pantalón. Él se va y nos quedamos solos; ella me pregunta si me gustaría meterme al mar, Por supuesto que no, le respondo, Yo ya soy grande y el mar es diversión de chicos. Ella me mira con cara risueña, mordiéndose un poco los labios, enfocando la atención al pozo que nos ocupa. Y si sos grande por qué estás haciendo un pozo conmigo, me pregunta, Porque me hubiera gustado ser arquitecto, le respondo. No contesta, tal vez porque no sabe qué es ser arquitecto. Los arquitectos hacen edificios, no pozos, me dice un tanto seria, con la pala de plástico rojo en la mano, Si hicieran agujeros trabajarían en cementerios, concluye. Me levanto, odio sentir la humedad de la arena en los pantalones. La arena mojada no sale fácil de las manos y no quiero arrastrarlas por la ropa. No entiendo cómo hice para caer de nuevo en lo mismo, en esa sensación de malestar, casi tan total como el llanto de un bebé. La quiero culpar a ella, que sigue insobornable en su papel de nena que juega en la playa, y la culpo: Pendeja de mierda, murmuro, y me voy a sentar un tanto aliviado. Cuando era chico comía las almejas que salían del mar, no tenían gusto a nada, pero esa sola acción me autentificaba como chico extraño, algo que siempre quise ser y nunca logré. Ella cree que ser arquitecto es hacer edificios, pero no sabe que ser arquitecto es ser imposible, imaginario, es poder ser una idea que se destruye y vuelve a inventarse. No sabe que ser arquitecto es no ser yo, y es ser un poco ella. La miro, sentado en el banquito, y puedo odiarla un poco, con su pelo trenzado y oscuro, puedo odiar esas manos a las que no le importan nada y a esa piel que no se queja.
Por qué no habré nacido muerto, nos dijo él antes de levantarse e irse a caminar un poco haciendo sonar ruidosamente sus chancletas. Lo dijo en tono gracioso, y ella se rió, porque ella se ríe de todo lo que se dice, como si nada le importara. Y es que nada le importa, más que ese pozo que tan afanosamente lastima, y que ya parece la abertura última de una playa bombardeada. Si sale agua es la sangre de la playa que te dice que la mataste, le digo. Y ella se ríe, porque ya no cree mis imbecilidades. Te das cuenta que por tu culpa la playa se va a morir, le pregunto; ella deja la pala a un lado, me mira y me dice: Vos vas a morirte antes que la playa, mirá –me dice mientras señala al mar- para que se muera tendría que salir toda esa agua por este agujerito; y si lo hiciera, acá estaría el agua y allá una nueva playa, donde estarías vos sentado en un banquito. Me enfrentó a mi mismo nuevamente, quemándome en un sol inverosímil, hundiendo el mismo banco en otras arenas. Me levanté y le di la espalda al mar, deteniéndome en esos arbustos sucios que coronan la playa como nido de pájaros muertos. Lo vi a él acercarse a lo lejos, con la remera oscurecida en los sobacos y el chancleteo torcido. Lo vi acercarse lo suficiente a nosotros como para detenerse un instante y volver hacia atrás sus pasos, de vuelta a un camino repleto de nuestra ausencia, de mi voz crispada y de las trenzas que se desamarran. La miro a ella, miro su remera de ositos y veo los mocos que le cuelgan y que forzosamente intenta inhalar. Basta, le grito, Limpiate esos mocos, asquerosa, y ella se ríe, sacándoselos con la palita roja y llenándose toda la cara de arena mojada. Justo en diagonal a ella veo mi imagen de nuevo, sentado en el banquito sobre el mar, como dueño de un reino que no quiero y que temo, que me empapa, me enfría y me mata. Siento frío y doy algunos saltos. Ella se acerca y salta a mi lado, A qué jugamos, me pregunta, A que seguías haciendo el pozo mientras yo me cago de frío y esperamos al viejo de mierda, te parece, le digo. Y ella se ríe, como si le estuviera haciendo un chiste. Tal vez si te metieras en el pozo te divertirías, me dice. Ja! meterme en el pozo, mojarme los pies, como si fuera a salir renovado y alegre, como si el pozo fuera la esperanza de una nueva luz que quemara los grises y transfigurara esta playa en arenas de purpurina. Me voy a llenar de sangre, le respondo, Y no quiero ser cómplice de tu crimen.
Me vuelvo a sentar y veo mi reino, uno siempre es rey donde menos lo quieren, o donde uno menos quiere estar. Mi reino tendría que tenerme sólo a mi como ciudadano, y estar enclavado en lo alto de los montes tibetanos, tendría que carecer de esa horizontalidad infinita que, como el mar, intenta engullirme. La escucho llorar y le pregunto qué le pasa, Hay un pez muerto acá abajo, me dice, Es verdad que maté a la playa. Le vuelven a salir los mocos y se los limpio con la manga de mi buzo. La levanto en brazos y nos sentamos los dos en el banquito, le acomodo la trenza y le digo: Ves allá al fondo, donde el sol está por hundirse? allá comienza otra playa y hay una nena como vos haciendo un pozo; allá ese pez está vivo y cuando nosotros nos vayamos va a venir a rescatar sus huesitos de este pozo. Ahora no se ríe, Y esa nena qué hace allá? me pregunta. Bueno, le respondo, esa nena espera a su papá como vos, pero el padre de ella vuelve. Ella se ríe y regresa al pozo, esta vez, para comenzar a taparlo.
Por qué no habré nacido muerto, nos dijo él antes de levantarse e irse a caminar un poco haciendo sonar ruidosamente sus chancletas. Lo dijo en tono gracioso, y ella se rió, porque ella se ríe de todo lo que se dice, como si nada le importara. Y es que nada le importa, más que ese pozo que tan afanosamente lastima, y que ya parece la abertura última de una playa bombardeada. Si sale agua es la sangre de la playa que te dice que la mataste, le digo. Y ella se ríe, porque ya no cree mis imbecilidades. Te das cuenta que por tu culpa la playa se va a morir, le pregunto; ella deja la pala a un lado, me mira y me dice: Vos vas a morirte antes que la playa, mirá –me dice mientras señala al mar- para que se muera tendría que salir toda esa agua por este agujerito; y si lo hiciera, acá estaría el agua y allá una nueva playa, donde estarías vos sentado en un banquito. Me enfrentó a mi mismo nuevamente, quemándome en un sol inverosímil, hundiendo el mismo banco en otras arenas. Me levanté y le di la espalda al mar, deteniéndome en esos arbustos sucios que coronan la playa como nido de pájaros muertos. Lo vi a él acercarse a lo lejos, con la remera oscurecida en los sobacos y el chancleteo torcido. Lo vi acercarse lo suficiente a nosotros como para detenerse un instante y volver hacia atrás sus pasos, de vuelta a un camino repleto de nuestra ausencia, de mi voz crispada y de las trenzas que se desamarran. La miro a ella, miro su remera de ositos y veo los mocos que le cuelgan y que forzosamente intenta inhalar. Basta, le grito, Limpiate esos mocos, asquerosa, y ella se ríe, sacándoselos con la palita roja y llenándose toda la cara de arena mojada. Justo en diagonal a ella veo mi imagen de nuevo, sentado en el banquito sobre el mar, como dueño de un reino que no quiero y que temo, que me empapa, me enfría y me mata. Siento frío y doy algunos saltos. Ella se acerca y salta a mi lado, A qué jugamos, me pregunta, A que seguías haciendo el pozo mientras yo me cago de frío y esperamos al viejo de mierda, te parece, le digo. Y ella se ríe, como si le estuviera haciendo un chiste. Tal vez si te metieras en el pozo te divertirías, me dice. Ja! meterme en el pozo, mojarme los pies, como si fuera a salir renovado y alegre, como si el pozo fuera la esperanza de una nueva luz que quemara los grises y transfigurara esta playa en arenas de purpurina. Me voy a llenar de sangre, le respondo, Y no quiero ser cómplice de tu crimen.
Me vuelvo a sentar y veo mi reino, uno siempre es rey donde menos lo quieren, o donde uno menos quiere estar. Mi reino tendría que tenerme sólo a mi como ciudadano, y estar enclavado en lo alto de los montes tibetanos, tendría que carecer de esa horizontalidad infinita que, como el mar, intenta engullirme. La escucho llorar y le pregunto qué le pasa, Hay un pez muerto acá abajo, me dice, Es verdad que maté a la playa. Le vuelven a salir los mocos y se los limpio con la manga de mi buzo. La levanto en brazos y nos sentamos los dos en el banquito, le acomodo la trenza y le digo: Ves allá al fondo, donde el sol está por hundirse? allá comienza otra playa y hay una nena como vos haciendo un pozo; allá ese pez está vivo y cuando nosotros nos vayamos va a venir a rescatar sus huesitos de este pozo. Ahora no se ríe, Y esa nena qué hace allá? me pregunta. Bueno, le respondo, esa nena espera a su papá como vos, pero el padre de ella vuelve. Ella se ríe y regresa al pozo, esta vez, para comenzar a taparlo.
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